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El ayudante
Una cápsula de 21 gramos
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— ¿Y cómo me doy cuenta cuando terminó el proceso?

— Cuando el visor de abajo cuente veintiún gramos menos que el visor de arriba. El visor de arriba te muestra el peso inicial, ¿ves? El de abajo el peso final.

— O sea que si esta mujer pesa 60 kilos…

— …después del proceso va a pesar 59,979 

    No es tan difícil  —pensó Matías— y hay gente que estudia tres años para esta boludez.

    El experto se puso los guantes de látex. De un cajón sacó otro par y se los dio a Matías. 

— ¿Está enferma? –preguntó Matías antes de calzárselos. 

— No. Ésta no. Pero la mayoría de las veces vienen mal de salud. Vos ponételos, acostumbráte a eso. Te traen al paciente y antes de mirarlo ya te ponés los guantes. Tenélo como norma. Nunca empieces sin los guantes.

    Tanta ceremonia para bajar una palanca—concluyó Matías.  

— ¿Pero en algún momento la tengo que tocar? —insistió.

— No sin los guantes.

— Pero digo, ¿la tengo que tocar? Si al paciente te lo dejan en la camilla, uno hace lo suyo con la máquina y después se lo llevan, ¿en qué momento lo tocás?

    El experto no respondió. Se quedó mirando los guantes de látex que Matías agitaba levemente. Después dejó de mirar, dio media vuelta, alcanzó el brazo mecánico flotante y lo colocó encima del pecho de la mujer en la camilla. Explicó  que el aparato se encargaba de todo una vez encendido y colocado sobre el paciente, pero que igual había que estar atento a los indicadores. Había que prestar atención a la velocidad con la que disminuía el peso final del paciente. Si el proceso se completaba en veintiún segundos podía estar tranquilo, pero si el indicador del peso final se ponía lento, algo estaba fallando, entonces había que aplicar más potencia, la suficiente para que en el indicador se acelerara la resta de los veintiún gramos. 

       — ¿Porqué hay que hacerlo rápido?

       — No hay que hacerlo rápido, hay que hacerlo bien —el experto fue tajante—Por favor ponéte los guantes. 

    A Matías le habían dicho que si no estudiaba tenía que trabajar, que no pensaban mantenerlo ni un día más después de los dieciocho. La madre recordó a un tío que trabajaba en una clínica, quizás podía ubicarlo en algún puesto, como ayudante, o barriendo los pasillos. Supo desde un primer momento que no quería ir a la facultad, ni siquiera intentaría con un curso de cualquier cosa, como le había sugerido su hermana mayor. Prefería un trabajo mecánico y repetitivo, una tarea que no exigiera pensar y a la cual poder abandonarse como un autómata. Tan desencantado estaba, y tan pronto.  Ahora este tipo pretendía hacer un ritual de algo que era más sencillo que sacar una radiografía. Cada uno cree que lo suyo es un arte —pensó—, pero está bien, yo sé lo que es, es mi tarea de autómata, es lo que yo quería, no me puedo quejar.

    Matías se puso los guantes y el experto oprimió un botón verde ubicado en el brazo mecánico. El brazo acercó lentamente el aparato hasta dejarlo a un centímetro del nacimiento de los pechos de la mujer. Se encendió un led rojo acompañado de un beep que el aparato emitió tres veces consecutivas. 

— Qué joven, ¿no? –soltó Matías.

     — Veintiséis —respondió el experto sin quitar los ojos del visor.

     — ¿Porqué habrá decidido… —Matías no encontró el verbo.

     — Por lo mismo que todos.

     — Claro, pero no está enferma.

     — La gente no viene aquí porque esté enferma. Viene porque sabe que tarde o temprano va a morir.

         El visor del peso inicial marcó cincuenta y seis kilos clavados. Sonó otro beep y el visor del peso final repitió la cifra. El experto, como el autómata del que Matías venía a aprender, empuñó la palanca para iniciar el proceso. Sin embargo, de pronto algo cortó la serie de movimientos mecánicos que hasta ahora repetía como un ritual. Algo en los ojos del experto, que miraban el piso en vez de mirar la palanca, algo en los dedos que se aferraban a la palanca como a la daga de un suicida y que a Matías le pareció que temblaban.

    — Además pagan mucho por estar aquí —dijo el experto intentando acomodar sus dedos en el mango—. Ellos mismos lo piden. Deciden. Nadie los obliga a nada. ¿Sabés cuánta gente quisiera estar en esa camilla? Es caro esto.—remató clavando los ojos en el rostro de la mujer. 

    De inmediato miró para otro lado, sólo entonces empuñó con fuerza la palanca y la bajó hasta la mitad en un movimiento rápido y seguro. 

    El visor que mostraba el peso final comenzó a restar. Los primeros tres gramos se descontaron en tres segundos. El cuarto y el quinto tardaron un poco más. El marcador tardó cinco segundos en descontar sólo el sexto gramo. Matías buscó los ojos del experto y los encontró clavados en el visor, ordenándole al visor, rogándole. 

— Ellos mismos lo piden, ellos deciden —repitió el experto— ahora que saben que existe un alma, que se los dijo la ciencia. Pero nadie les puede decir a dónde va, entonces tienen miedo de morirse en cualquier lado y que se les escape quien sabe a dónde. Tienen miedo, de lo que no pueden controlar, así que firman para morirse aquí y no en cualquier lado, y aquí estamos, para que no se escapen quien sabe a dónde.

El experto quitó sus ojos del visor para repasar unas repisas repletas de cajitas etiquetadas con nombres y códigos de barra.

    El peso final se estancó apenas descontados los primeros siete gramos.  La mujer en la camilla abrió los párpados, como quien despierta de una pesadilla. Matías contempló unos ojos verdes y pensó que habrían sido hermosos pero que ahora se hinchaban en sus cavidades, desesperados, y que rogaban por el resto del cuerpo que permanecía inerte en la camilla. Supo que las cosas no estaban bien cuando el experto puteó bajito y empuñó la palanca para bajarla un poco más. El visor descontó otros tres gramos en tres segundos, luego volvió a detenerse. 

    — Rápido, traéme las correas —ordenó el experto—. Están en ese cajón. 

    Matías abrió un cajón del armario, hurgó y encontró dos correas gruesas. Las tomó y cuando se dio vuelta vio que la mujer en la camilla abría la boca lentamente, mostrando los dientes y exhalando un gemido débil y grave. 

    — ¡Rápido!

     Ni se dio cuenta cuando el experto le quitó las correas de la mano. En cambio notó que los dedos de la mujer comenzaban a temblar, que los músculos de las piernas se tensionaban e intentaban en vano levantar las rodillas.

    El experto colocó las correas sujetando el torso y los tobillos de la mujer. Una serie de beeps desesperados despertaron a Matías del letargo. Los gemidos de la mujer se hicieron agudos, hasta convertirse en un solo grito que irguió el cuerpo aplastándolo contra las correas que lo sujetaban. Los ojos verdes se mostraron otra vez, brillantes y a punto de explotar, de ellos comenzaron a brotar lágrimas que escaparon de las cavidades oculares para trepar los pómulos y perderse en el nacimiento del pelo. 

    — Ponéte ahí —ordenó el experto haciendo un leve movimiento con la cabeza.

    — ¿Adónde? —balbuceó Matías, confundido.

    — ¡Ahí, ahí! Quedáte ahí, al lado de la palanca.

El experto sujetó los hombros de la mujer, la miró a los ojos y le susurró algo que sonó a un consuelo. La mujer comenzó a jadear y luego pareció calmarse.

    — Ahora bajá la palanca. Hasta el fondo.

    Matías titubeó. En su mente las palabras del experto, ellos piden, ellos deciden. ¿Pero ahora? Sabía que en ocasiones se había suspendido el tratamiento por las reacciones del paciente en la camilla, pero que al despertar el paciente no recordaba nada y entonces exigía furioso completar el proceso o que le devolvieran su dinero, e incluso demandaba a la clínica por no cumplir con el tratamiento. Entonces la clínica les hacía firmar un permiso, autorizo a la extracción y posterior conservación mediante encapsulado…

    — ¡La palanca!

    El visor del peso final comenzaba a recuperar los gramos perdidos. La mujer en la camilla suspiró aliviada, sus músculos se destensaron y su espalda volvió a tocar la superficie de la camilla. En cambio el experto sostenía una mirada incrédula que iba y venía entre el aprendiz y la palanca que éste empuñaba con firmeza pero que no era capaz de accionar. Matías supo que la expresión estupefacta del experto preguntaba porqué, porqué no bajás la palanca si para eso estás acá, si es lo que querías, entregarte a un trabajo de autómata, un trabajo que es una boludez, justo para vos que te decidiste a no pensar en nada ni en nadie nunca más. Pero no sabía cómo responder a esa expresión. Antes, una mujer había decidido y había firmado. La misma mujer que ahora se resistía, inconsciente en la camilla, a entregar aquello que una máquina pretendía encapsular hasta el día en que la ciencia pudiese asegurar que va a un lugar mejor, o al menos no muy distinto al acostumbrado. Matías no pudo responder a la orden del experto. Entonces preguntó. 

—¿Por qué se resiste?

    Desde su lugar, el experto arrojó un manotazo intentando llegar a la palanca. No llegó. Probó otra vez y logró aferrarse, sólo para notar que Matías la sostenía con firmeza. Entonces se vio a sí mismo, años atrás, en ese adolescente inseguro que le enviaban como ayudante. Se recordó como aprendiz, bajando la palanca cuando el experto se lo ordenaba, colocando las correas, sujetando los cuerpos que cada tanto se retorcían en la camilla. Miró a Matías y se vio haciendo la misma pregunta muchos años atrás, pero en voz baja, para que el experto no lo escuchase. Bufó, vencido.

    — Hay algo que pasa cuando comienza la extracción.  Ven algo que les gusta.

    — ¿Qué ven?

    — No sé, la luz, el túnel, la abuelita muerta que los llama, qué se yo qué ven. Tendría que leer el libro del tipo este… —y simuló con índice y pulgares unos anteojos gruesos.

 — Y cuando ven la cápsula…

— Y cuando ven la cápsula que los quiere encerrar no quieren saber nada, porque es como si le mostraras a un pájaro…

— Un bosque.

— … e inmediatamente despúes lo querés meter en…

— En una jaula.

—Pero, dejame hablar.

— Si.

— Bueno, si,  eso que dijiste. Eso mismo pasa.

 Ambos miraron a la mujer, por un momento pareció que compartieran la misma inquietud, las mismas ganas de preguntar.

— ¿Y qué se hace? —preguntó Matías.

El experto buscó en su mente como quien busca monedas en un bolsillo a las seis de la mañana cuando está llegando el colectivo.

— Lo que se puede.

Se inclinó sobre la mujer en la camilla, le acarició tímidamente el cabello e hizo un gesto a Matías.

— Confiá —insistió en un susurro.     

    Matías apretó fuerte la palanca y lentamente la bajó, sin saber porqué, quizá confiando. El contador del peso final comenzó a restar otra vez; descontó los primeros tres gramos en tres segundos, para los siguientes tardó un poco más, luego se estancó, otra vez. En la camilla, el cuerpo se irguió aplastándose contra las correas. Los dientes de la mujer rechinaron, la mandíbula se abrió y dejó escapar un grito carrasposo que terminó en un lamento ininteligible. El experto apoyó sus manos en las mejillas de la mujer. La acarició con fuerza, como en una despedida desesperada,  la besó en la frente, la contuvo, le habló al oído, se empapó los pómulos con las lágrimas que producían esos ojos verdes e inquietos. Miró al costado para intuir apenas la figura del ayudante. Matías obedeció otra vez. Bajó la palanca hasta el fondo.

    El cuerpo de la mujer comenzó a retorcerse en el espacio limitado por las correas. El experto la abrazó fuerte. Acompañó los gritos de la mujer, lloró sobre su pecho, como lloraba ella, le repitió palabras de consuelo, lo hizo como un brujo en medio de una ceremonia, como una madre. En pocos segundos el contador restó diez gramos. Hubo un cruce de miradas entre el experto y el aprendiz, y esa mirada fue el intervalo necesario a la cuenta regresiva que descontó los últimos seis. La máquina chilló, exhausta, y regurgitó una cápsula. 

Cruzando el silencio que había dejado la máquina, el experto sacó la cápsula y buscó una cajita para membretar.

— No quieren irse —reprochó Matías.

El experto hizo una mueca irónica que le dolió.

—Sí que quieren. Pero no aquí. —respondió mientras bajaba la vista hacia sus manos: las abrió despacio como si sostuviera un pájaro herido. La cápsula tembló apenas en la mano húmeda.    

Matías tartamudeó queriendo decir lo evidente, no pudo. Miró la palanca y volvió al experto. Después alzó la vista a las alacenas pobladas de cajitas membretadas. De nuevo buscó la palanca. Entonces, torpe, intentó. 

— No la baje a la palanca, si nadie se va a enterar, deje que vayan a donde se quieran ir, que sigan, no la baje. Mire, después mete una cápsula cualquiera en una cajita y escribe el nombre y nadie se va a dar cuenta que la cápsula no tiene…

Lo interrumpió la máquina con sonido suave y cíclico. Por una ranura salió impreso un certificado, parecía un billete. Las bandas irisdicentes lo tornasolaban. Matías vio las marcas de agua en la cartulina, como cráteres. 

— La máquina sabe si aquí pasó algo —sumó el experto—, no puedo hacerme el boludo,  sólo te va a imprimir el certificado si aquí pasa lo que tiene que pasar. Sin este papelito aquí no hicimos nada. Y tenemos que hacer, para eso nos pagan.

 — Pero usted no quiere.

— Qué importa lo que yo quiero. 

—Importa porque usted piensa distinto y está ahora está a cargo. Mañana viene otro y ahí ya no importa lo que usted piense.

El experto ya se había dado vuelta, sacó el certificado y lo agitó furioso.

— ¡Esto importa!

Matías se abalanzó hacia el experto, estiró la mano, le sacó la cápsula y enfiló a una cajonera donde revolvió. Antes que el experto lo alcanzara encontró una tijera y apoyó los filos en la cápsula.

— ¡No pibe, no! 

Matías dio un paso al frente mirándolo a los ojos. 

— ¿No?

El experto empezó a girar sobre sí mismo, torpe, giró como un perro que se busca la cola, pero buscaba una expiación. Tiró el certificado al piso. Después gritó, pareció que rogaba. 

— ¡Firman, carajo!

Matías miró las cajas infinitas, que eran fractales. Creyó ver nichos.

 — ¡Firman especulando! ¡Firman muertos de miedo! —respondió.  

El experto buscó de nuevo en su cabeza esa moneda para tomarse el colectivo a las seis de la mañana, resignado primero, impaciente después, pero el bolsillo estaba vacío y el colectivo pasó de largo, lo vio alejarse y supo que llegaría tarde a su rutina, o que tal vez no iría. Entonces buscó a Matías,  le sacó la tijera de un manotazo y se la guardó en el bolsillo del delantal. 

— Si lo vas a hacer hacelo bien.   

Tomó una cápsula vacía de un tarro, la levantó,  la apretó despacito con índices y pulgares de ambas manos, la hizo girar un poco a la izquierda, otro poco a la derecha, entonces la separó en dos mitades. Matías lo imitó como lo haría un espejo. Cuando abrió la cápsula escuchó un susurro que lo estremeció, alguien le dijo gracias, ahí o en su cabeza, no supo si fue el experto, o quién. 

No hizo falta que le enseñaran cómo seguir, lo siguiente fue inevitable: cerró la cápsula ya vacía, abrió una cajita, le pegó una etiqueta con nombre de mujer y un código de barras, puso la cápsula en la cajita y la cerró. Después caminó hacia la estantería con la sensación de cargar un ataúd vacío. Depositó la cajita en un hueco que quedaba en el infinito y entonces le pareció que nada de esto era fortuito sino un mecanismo que el experto había practicado tantas veces.  

— Usted ya lo había pensado a esto.

— Pensar no es hacer.

Una grieta en la cara de piedra del experto le dibujó una sonrisa torcida y lastimera. Matías se la devolvió.

— Entonces va a necesitar un ayudante.

Ambos miraron el certificado en el piso. El experto lo levantó, le sacudió el polvo y lo llevó a recepción. 

(c) Guillermo Galli.-

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