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Artilugios
Sueño imposible Anterior El ayudante Siguiente

Conmovido y escandalizado dijo el mago:

— ¡Oh! ¡Oh! ¡Oh! ¡Oh! ¡Oooh! ¡Oh! ¡Oh! ¡Ooh! ¡Oh! ¡Ooooh! ¡Magia!

— ¡Oh no! ¡No! ¡no, no, no! ¡No! No no no no ¡No! ¡No es magia! — respondió la señorita, conmovida y escandalizada.

Esto pasó cuando la señorita Mangierini sacó su celular, oprimió el altavoz, marcó el 911 e informó a la operadora que estaba perdida en un bosque milenario en los Costwolds, al sur de Inglaterra. Por el altavoz había sonado la voz de la operadora solicitando alguna seña particular en el paisaje, para intentar ubicarla. Al escuchar la voz salir del artefacto el mago había pegado un salto.

— ¡Por las barbas de Dumblendore! Un talismán parlanchín, ¿qué hechizo es este? 

— No, no señor. Mire, aprieto este botón … — y del Nokia 3310 brotó un ringtone medieval.

— ¡Oh! ¡Bruja! ¿Cómo haces eso bruja? —siguió el mago, ajustándose el bonete azul que bailaba sobre su cabellera esbelta y canosa.    

 — ¡Bruja su abuela!

 — Pues claro, Allamandra, mi abuela. ¿Pero cómo lo sabes? ¿Esa cosa te lo dijo?

— Mire, abuelo…

— ¿Fuí abuelo? —consultó el mago directamente al celular.

— No le respondo como debiera porque a sus noventa años … 

— Mi quinientos noventa, el jueves.

La señorita Mangierini recapacitó. Minutos antes había hallado la cabaña en medio del bosque, había llamado a la puerta pidiendo auxilio y en el aturdimiento causado por hallarse perdida en el bosque milenario no había notado lo milenario de quien le abrió la puerta. Tampoco había notado el bonete azul, la barba blanca que caía hasta los pies, la túnica también azul decorada con rayos y estrellas, la varita mágica en la mano huesuda, el cartel clavado en el dintel de la puerta que tallado decía: Hamberlin y más abajo: Mago. Apenas la puerta fue abierta ella se había introducido en la cabaña buscando un teléfono de línea para pedir ayuda y al no encontrarlo había intentado, una vez más, hallar señal con su celular.

— ¿Conque usted es mago?

— Mago soy. 

— Haga magia entonces, sáqueme de este bosque y déjeme en mi casa como por arte de magia…

— La magia no es un arte,

— … usted, que conoce los mecanismos secretos del universo, lléveme a casa con su magia, usted que entiende las fuerzas ocultas que se mueven en el mundo invisible a los mortales.

El mago se hundió en un silencio oscuro apenas decorado por los débiles crujidos de su cabaña. Llevó su mano al pecho y absorto habló a los ojos de la señorita. 

— Yo no entiendo nada. — dijo al fín. ¿Las fuerzas ocultas?— Nada entiendo.

Luego buscó una palabra en su cabeza— ¡Verteruxsainheinmsatlóchtitlan! — ordenó, y el agua en la taza se transformó en un café con leche con tres medialunas. El mago esperó a que la señorita dejara de jadear por el asombro, entonces protestó al aire— ¿Qué es verteruxsainheinmsatlóchtitlan? ¿Porqué no sólo verterux, a secas?  ¿No se podía abreviar? ¿sabes lo que me cuesta pronunciarlo todas las mañanas a las seis, con el entendimiento nublado como mis ojos por las lagañas y el estómago vacío? ¡Abracadabra, pata de cabra! ¿Porqué de cabra? ¿porqué de cabra y no de conejo?  ¿es por la rima? ¿cadabra con cabra?  ¡No hay cabras en este bosque, el término es extranjerizante!  ¡Sinsalamín! —el mago agitó la varita y un cuervo en una jaula recitó un poema muy antiguo—  ¿Sinsalamín? ¿qué es sinsalamín? ¿el título de una crítica culinaria a un bar de picadas? Tu crees que entiendo pero no entiendo. Sólo sé que si hiervo seis dientes de cocodrilo, y no siete,  veinte gramos de patas de araña y una pizca de sal gruesa estoy preparando un espantoso brebaje que si lo bebo me estira la vida doscientos años. Ahora, ¿porqué funciona…..? — el mago compungió los labios y arrastró las puntas de sus dedos desde el nacimiento del cuello hasta la barbilla. — La magia no es un arte, es un artilugio, como intuyo que lo es el talismán que tienes en tu mano.

La señorita Mangierini miró su celular. Luego dijo mientras pensaba.

— Yo tampoco sé cómo funciona ni porqué. Sólo sé cómo se usa. 

— Pues bienvenida a mi mundo. 

La cabaña estaba cubierta de frascos con pócimas y brebajes, colgaban manojos de hierbas, estanterías desvencijadas con libros abiertos como lenguas, con libros erguidos como dientes podridos, y amuletos, medallones, varitas, espejos, cajitas selladas y otras cosas que Mangierini supuso que no eran decorado. De pronto se sintió en una tienda de baratijas tecnológicas y extrañó el barrio.

— Quiero volver al Once, por favor. 

— Sea —decretó el mago y tomando su varita articuló unas palabras que no pueden ser escritas. 

Un halo de minúsculas estrellas puntiagudas envolvió a la señorita Mangierini. Antes de desvanecerse en la cabaña, en el bosque, en los Costwolds, preguntó:

— Espere, señor ¿sabe dónde queda el Once?

— Nada sé. Yo no sé nada. 

Hamerling dibujó un firulete en el aire con su varita tras lo cual Mangierini desapareció.

Cinco minutos después abrió los ojos en Corrientes y Larrea. Buscó la hora. Cinco minutos —pensó— cuánto. Sopesando el celular en su mano se dijo que en unos años esa porquería la traería en dos, y ni siquiera sabría cómo.    

(c) Guillermo Galli

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