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Esto de volver, volver y volver
Las hermanas heladeras Anterior Mimi en la cocina Siguiente

Lo que voy a contar pasó en un tiempo después de nuestro tiempo, apenas después. Y no es que yo tenga sueños premonitorios ni que me haya tomado unas vacaciones al futuro, sino que era algo que tenía que pasar y por eso lo cuento, aunque aún no haya pasado. 

Pasó que la gente se aburrió del cine. De las películas.  La gota que rebalsó el vaso fue el lanzamiento de una remake de otra remake que a su vez era tataranieta de una remake al punto que a la película original nadie la había visto pero, de alguna manera, todos se la sabían de memoria. Y eso fue sólo la gota, poco antes los entretenedores, que ya intuían que esto de la clonación fílmica  estaba cansando, habían probado con la cruza de originales. La cruza era esto: de Titanic y El planeta de los simios nació una rebelión de perros falderos a bordo del Titanic que esclavizó a los humanos y estrelló al transatlántico contra un iceberg.  La técnica no tuvo éxito, acabó en una endogamia en que la cruza de cruzas parió una camada de hijos deformes. El público se hastió primero, se asqueó después y ni siquiera sirvió eso de que los actores saltaran de la pantalla a tirotearse o a hacer el amor entre los espectadores. Y no crean que esto le pasó sólo al cine. Pasó con la música, pasó con la televisión,  pasó en el deporte y en el resto de las artes escénicas. Pasó con los libros también.   

Los entretenedores comprendieron que el público reclamaba originalidad, pero que curiosamente lo hacía en medio de una prédica que decretaba que todo tiempo pasado fue mejor (nosotros, la gente del pasado, sabemos que no).  Lo viejo era asociado con lo original, lo original con lo viejo. Lo bueno y viejo dos veces bueno, se decía por la calle. Atentos al murmullo, los entretenedores resolvieron resucitar espectáculos arcaicos: las danzas tribales, los circos romanos, las ferias de rarezas humanas, los zoológicos. En esto de resucitar les fue muy bien, así que decidieron resucitar en serio y empezaron a hacerlo con personas. Pero no con cualquier persona. 

La gala fue anunciada para una noche de abril y prometió una gran sorpresa. Primero se proyectó un video de celebridades muertas que todo el mundo aplaudió con nostalgia. Acto seguido, se prendieron las luces y por el escenario desfilaron las mismas celebridades, vivas. Abrió Marlon Brando, siguió Pelé que llegó de la mano de Cantinflas y escoltado por Carmen Miranda. Frank Sinatra presentó a Judy Garland. La ovación fue grande y de pie. Al otro día el entusiasmo no mermó en las masas, pero los escépticos y los moralistas salieron de sus cuevas a dar la nota. Unos gritaron que gato por liebre y que aquí no había originales resucitados sino vulgares clonados; otros declararon llanamente que a cualquier imitador le cabía una buena cirugía estética. Los entretenedores pusieron las pruebas a la vista de todos: las resurrecciones eran claras y confiables, se realizaban sobre la tumba misma del finado celebre, un poco de maquillaje y masa muscular eran necesarios, sobretodo para los que llevaban más de cien años en el cajón, pero nada más. Ahora el público tenía lo que quería, viejos y originales sobre el escenario, se llenaron los cines, los teatros, los estadios; volvió lo bueno decían unos, el pasado mejor volvió. Los entretenedores brindaron. 

Fue por esa época que decidieron despertarlo a él, que había sido un cantor, muy famoso, muy amado. Había nacido francés y muerto argentino. Esta vez se hicieron los arreglos para resucitarlo en Tacuarembó. Sintió que despertaba de una pesadilla, pidió por su viejita, se miró las manos temblorosas, preguntó dónde estaba y se estremeció al saber cuándo estaba. A pesar de que el mundo siempre lo imaginó con una amplia sonrisa colgada en la cara tal como un cartelito de “abierto” en una panadería, su rostro devolvía la angustia y la confusión que merodeaban cuerpo adentro.  Pronto se dio cuenta que si quería sobrevivir en este tiempo en el que había despertado debía colgarse la sonrisa de cartón y seguirle la corriente a todos esos locos. Lo llevaron, se dejó llevar, de aquí para allá. Dio recitales, entrevistas, participó en tres películas interactivas, mantuvo romances mediáticos con estrellas que habían estado tan muertas como él.  Una noche, en una fiesta, se quedó hablando con Dean Martin en la terraza de un hotel.  

— Ya no doy más, viejo — se sinceró.— Me preguntan qué marca de gomina usaba, a pesar de que lo saben, sólo quieren que diga Brancato, Brancato, Brancato, y me imitan la voz, repiten Brancato y después se ponen a hablar entre ellos tratando de imitarme, y hablan de cosas viejas, de cosas de mis años. No sé, esto de volver y volver y volver, ya no sé, ya no doy más. 

— Tranquilo— le dijo el otro en un cocoliche anglosajón — en este tiempo nada dura mucho tiempo. Ya verás.

Así fue. A los seis meses Dean Martin terminó cantando en casamientos y cumpleaños. La gente se había vuelto a aburrir de las cosas viejunas, los muertos volvieron a estar muertos para las cámaras, aunque no para sí mismos. Así podías encontrarte a una pareja de pelota y Pelé haciendo jueguito por monedas a metros del Maracaná, a un Dalí nervioso y agotado que instalaba pequeños atriles para que los niños pinten en las plazas, a un Shakespeare escribiendo la publicidad de un detergente, también por monedas.  La industria del entretenimiento se resintió por un tiempo, hasta que hubo quien descubrió un invento definitivo, rentable, cíclico, fatal. Resultó que la gente amaba un buen espectáculo y a menudo declaraba con melancolía que qué bueno sería olvidarlo por completo para volver a disfrutarlo como si fuera la primera vez. Eso fue lo que encendió la idea, esa palabra: volver. ¡Que así sea! decretaron los entretenedores, e inventaron una raspadita. Raspabas y te encontrabas un punto hipnótico en el cartón. El punto, mirarlo, te hacía olvidar por completo lo que ibas a ver y entonces veías el espectáculo otra vez, como si fuera la primera. Dos horas después salías extasiado y a la semana volvías al mismo lugar, para ver de nuevo Tiburón en el cine o el Argentina-Inglaterra del 86 en tu sillón. La idea era entretenerse como en una calesita o como en la montaña rusa donde lo importante es el vértigo y no a dónde te lleva ese tren. En los andenes quedaron los muertos vivos, los resucitados, que ahora andaban vivos muertos.  

A nuestro cantor no le fue distinto que a los demás. Se instaló en la vereda frente a un mercado, colocó un banquito, se sentó y se puso a tararear lo que cantaba su guitarra. Duró un tiempo así, las monedas piadosas caían, pocas y estrepitosas, le alcanzaban para un sánguche y una cama. Una tarde se descubrió cantando la misma canción, una y otra vez, notó que andaba en círculos, que giraba como el mundo al que nada le importa. Yo me bajo —pensó— y detuvo en seco el acorde que empezaba a sonar. Entonces pasó algo. Pasó una mujer que le obsequió unos ojos verdes en el tiempo que dura un suspiro, unas palomas sobre una cornisa se tiñeron de naranja mientras el sol caía, las manos de dos adolescentes que andaban se entreveraron húmedas e inquietas, después se prendió el alumbrado municipal y el brillo de la guitarra se encendió en las manos del cantor. 

— No me inspiran las viejas sin dientes —reconoció,  y pensó que a la belleza no hace falta resucitarla sino que es joven para siempre.  

Con eso en el corazón unas musas le susurraron una melodía nueva que tarareó con una sonrisa igual de nueva. Así fue como el cantante resucitado resucitó, esta vez sí para vivir.      

© 2021, Guillermo Galli.


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