menu Menú
Uno de suegras
Navidad del '93
No puedo no Anterior Froilán Gómez Siguiente

Contar chistes de suegras con las suegras a seis metros de distancia era un evento anual. Se daba el hecho en navidad, cuando coincidíamos los hermanos, los primos, los maridos de las primas y algún otro que se prendía al grupo como el polvillo a la pantalla del televisor, por efecto de la estática. Es que era una reacción física, o química, o qué sé yo, porque a la una y media cuando se empezaban a servir las ensaladas había un orden, cada uno estaba sentado muy prolijo y muy callado junto a su mujer y hasta te digo a menos de un metro de su propia suegra. Pero a las tres de la tarde la mesa tenía una configuración muy distinta a la inicial. Se daba ese fenómeno electromagnético de la sobremesa en el que las suegras quedaban apiñadas en la cabecera, salpicadas por algún que otro suegro que había quedado vivo. En el centro las minas, ajenas a todo, no así las suegras, atentas a todo. Y al final de la mesa un cúmulo de limaduras de hierro imantadas: los maridos, los novios y algún ingenuo que creía que estaba en el grupo de los hombres. Bueno, no. Ese colgado no estaba en el grupo de los hombres, estaba en el grupo de los yernos, y se iba a dar cuenta pronto, cuando se empezaran a contar los chistes de suegras. De yapa, además, terminaba adivinando la relación de cada uno de los presentes con su propia suegra, algo que quedaba en evidencia luego del remate de un chiste: los que se llevaban bien con la suegra se reían teóricos, así, profiriendo espasmos debiles te diría voluntarios, como se deben reir los psiquiatras con un chiste de locos, simpáticos e intelectuales, porque es un clásico, pero que nunca han probado una suegra jodida y se ríen condescendientes con aquellos que sí la probaron, que la están padeciendo ahora, y que los reconocés porque se descajetan con alevosía, con carcajadas excitadas que parecen focas, que te das cuenta que la cosa es visceral y artificiosa a la vez. Después están los que se ríen bajito entrecerrando los ojos, con esas risas que son un fuelle gastado, hasta dan un poco de pena porque vos sabés que hace rato que con sus suegras ya la llevan resignados. Esas son las tres reacciones clásicas de los yernos a los chistes de suegras. Pero hay variantes, casos raros, como pasó esa navidad creo del noventa y tres.

 Pasó que Norberto, que era de los que se llevaban bien con su suegra, había tenido un entredicho con ella apenas minutos antes del almuerzo. La verdad es que la tía Helvia no sabía bromear sin denigrar la dignidad de alguien. No sabía, no la culpen, no sabía. Pero hasta el momento y por pura casualidad nunca se la había agarrado con Norberto, quien creía que la relación con su suegra descansaba en una plácida meseta de armonía y respeto mutuo.  

— Necesito un hombre para descorchar este vino — pidió Helvia. La tía Palmira señaló con un ademán a Norberto, que justo entraba a la casa de la abuelita, chivado por partida doble, es que el aire acondicionado del auto funcionaba mal y en el camino se había puteado con otro conductor. Cargaba además dos bolsas infladas de tuppers, gaseosas, cubiertos, platos, el postre, regalos de navidad, regalos adeudados,  ropa de los chicos para la pileta, un saquito por las dudas y una licuadora rota para el tío Adolfo que se daba maña arreglando cosas. Del cuello se había colgado el cochecito de la beba y del eje de una rueda del cochecito colgaba otra bolsa, que andá saber lo que tenía pero parecía pesada e innecesaria. 

— Un hombre, no un burro — dijo Helvia ya sin mirarlo. Las tías se rieron por lo bajo. Palmira se atragantó con una aceituna y tosió, también sonriente.  

— Habló la burra — balbuceó Norberto  y estoy seguro que enseguida se arrepintió.

Helvia engranó y mientras Norberto caminaba como un pingüino cargando las bolsas, el cochecito y un silencio bastante pesado, recordó la torpeza de cierto yerno para destapar corchos y enseguida formuló una teoría psicoanalítica sobre la implicancia en su virilidad.  

Norberto escuchó de lejos las risotadas, dejó todo y después se fue a sentar, calladito, con la espina atravesada en el cogote. Por eso cuando en la sobremesa se remataban chistes de suegras él no se reía, en cambio se mordía el labio, serio, y ni miraba para el lado de las viejas. Por supuesto todos sabíamos del entrevero y nos dábamos cuenta que estaba tragándose el veneno y que si quería olvidarse del asunto estaba sentado con la gente equivocada. 

Todos nos dábamos cuenta de lo que pasaba en la cabeza de Norberto, pero sólo a uno pareció importarle. A Julito. Julito tampoco se reía, en cambio miraba curioso a Norberto. Claro que de Julito no esperábamos que festejara los chistes, no esperábamos siquiera una mueca de Julito, ni un pestañeo, como no se lo espera de la jarra pingüino ni del enano de cemento que posaba en el jardín. Eso hacía Julito, miraba. Como el enano del jardín. No te puedo decir que escuchaba porque te mentiría, no sé si escuchaba, por eso ni te lo puedo catalogar, pero miraba. Tampoco te puedo decir cómo es que siempre terminaba en el grupo de yernos. A mi me parece que siempre se sentaba al final de la mesa y que quedaba ahí como una silla más cuando se iba armando la rueda de chistes. Nadie lo invitaba, ni tampoco acudía,  pero de pronto notábamos que estaba ahí en medio de nosotros y que seguro hace rato estaba. Esa navidad Julito era el único que miraba a Norberto masticar su bronca contra Helvia. Norberto no se daba cuenta que lo miraban, estaba enfrascado y seguramente dándole mil vueltas a la situación que había vivido con su suegra. Porque yo sé que la quería, pero era de enroscarse mucho y como por primera vez la vieja se la había agarrado con él seguro estaba inaugurando en su cabeza una nueva etapa en su relación con Helvia. Entonces los chistes de suegras iban y venían, también las risotadas pavotas, los guiños, los quejidos sonrientes, las toses, Norberto que se masticaba el labio y Julito que no le quitaba la vista de encima. 

Hay algo que no conté de Julito. Cuando era chico hizo desaparecer una hormiga. Al menos ese es el recuerdo que nos quedó de una tarde en la casa de la abuela. Una hormiga había picado a Federico, Federico gritó, Julito miró fijo a la hormiga, los primos miramos a Julito, que no parpadeó, nosotros sí parpadeamos y cuando buscamos a la hormiga, la hormiga ya no estaba. Así me lo acuerdo yo y así dicen acordarse los demás, la mayoría presente en la sobremesa de esa navidad del noventa y tres. También sabíamos que tiempo después el tío Víctor, el papá de Julito, se había ido de la casa, pero que el asunto era raro porque no se había llevado ni una valija ni el Dodge 1500, ni volvimos a saber de él hasta que un día nos enteramos por la tía Sara, la mamá de Julito, que cuando vivía con ellos la fajaba seguido y que esa desaparición no era un luto para ella sino por el contrario un alivio. No sabíamos que pensaba Julito de esto, no sabíamos nada de Julito, sólo que había hecho desaparecer una hormiga con la mirada y eso nos había quedado tan grabado al punto que él podía estar al final de la mesa mientras contábamos chistes de suegras, podíamos estar apiñados como en el tren a las ocho de la mañana pero la distancia reglamentaria con Julito siempre era mínimo de diez centímetros. Digo reglamentaria y no hablo de leyes de hombres, sino de leyes físicas. Julito era un imán, pero con polos opuestos en todos sus lados. Podíamos estar pegoteados entre los primos, hermanos, cuñados y colados pero inconscientemente ninguna silla tocaba la de él, guardábamos una distancia natural y preventiva, como quien se acerca al borde de un precipicio pero no tanto. Es que de chico había hecho desaparecer una hormiga y el tío Víctor, su papá, se había esfumado, sin valijas y sin el Dodge 1500, y él mismo no decía nada de todo eso, ni de nada decía nada. Pero miraba. Esa tarde en la sobremesa miraba fijo a Norberto que se masticaba el labio maquinándose con el episodio que había tenido con Helvia mientras nosotros echábamos leña al fuego con los chistes de suegras. 

Alguién vio, y contó después, una mueca de compasión de Julito hacia Norberto. Otro lo vió desviando la mirada para el lado de las suegras. No sé. Cosas que se dicen después. Lo que sí escuchamos todos fue el grito de espanto de la tía Palmira. Eso fue, un grito de espanto, esa es la palabra, espanto. Había saltado como un gato hacia la abuela pobrecita que casi la tumba mientras miraba horrorizada la silla vacía de la tía Helvia. Se agarró del brazo de la abuelita y yo ví que le hacía doler pero que no la soltaba, así fue como gritó medio atragantada que dónde estaba Helvia, que dónde estaba Helvia, que vió una sombra negra de reojo, que Helvia estaba ahí y que de pronto ya no estaba. Las viejas la miraban sin entender. Las chicas en cambio trataron de calmarla, algunas desde sus sillas, una que otra amagó a levantarse, tranquilizate le decían, te va a hacer mal, seguro fue a buscar algo, ya viene, es el calor, te bajó la presión, tomá un poco de soda. En la otra punta de la mesa Norberto parecía desconcertado. Los yernos buscamos con la mirada, a Helvia supongo, en el jardín, en el lavadero, en el patiecito roto, alguno echó un vistazo debajo de la mesa, como tratando de encontrar un perro o un chorizo caído, y todos cogoteamos buscando la puerta de la cocina cuando Mimi dijo que de seguro había ido a buscar el postre. Entonces yo ví, esto lo ví yo, que de pronto Norberto miró a Julito, angustiado, como si le hubiese caído la ficha. Su cara fue una súplica, le pedía por favor, no me la saco de la cabeza esa cara. Julito se lo quedó mirando, pareció extrañado, después entrecerró los ojos, bostezó un poco y volvió a mirar a donde todos. 

Cuando la tía Helvia apareció por la puerta de la cocina con la ensalada de frutas hubo un murmullo que pareció un suspiro y un resoplido a la vez. Se escucharon voces tranquilizadoras del lado de las chicas y otras que apelaba a la lógica y al sentido común. Esas últimas sonaron del lado de los yernos y yo sé porqué. Se le echó la culpa al turrón, a la garrapiñada, a que porqué festejamos con cosas tan pesadas si no estamos en norteamérica y de nuevo al calor, pero en lo que restó de la sobremesa no hubo ni uno entre los yernos que no relojeara discreto a Julito, y a Norberto después, que se mordía las uñas mirando hacia la nada. Después de eso nadie más quiso contar chistes de suegras. 

(c) Guillermo Galli

Cuentos


Anterior Siguiente

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Cancelar Publicar el comentario

keyboard_arrow_up