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Reconociendo almas gemelas
Trucos y consejos que son la envidia de la Cosmopolitan
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El reconocimiento de almas gemelas no es un arte, hay indicios claros y contundentes que cualquiera puede captar con un poco de buena disposición. En general las almas gemelas suelen encontrarse en lugares públicos, se confunden con el resto de la gente, pero sólo en apariencia. Hay que saber mirar. Si usted viaja en colectivo fíjese en los asientos dobles, no es raro que encuentre a un hombre y a una mujer de edad similar, sentados uno al lado del otro, que no se conocen y que por supuesto no se tocan, ni se miran, ni se hablan. No es raro. Menos habitual es que cada uno de ellos esté leyendo un libro. Pero bastante menos habitual que ambos libros sean los mismos, que se titulen La Metamorfosis, y que tanto el hombre como la mujer los cierren simultáneamente en la página treinta dos para suspirar en sincronía un lastimero «¡pobre Gregorio Samsa…!¨ Ese hombre y esa mujer son almas gemelas, no lo dude. Lo mismo pasa con los chocolates esos que traen mensajito adentro, a ella le toca uno que le asegura ¨Hoy conocerás al hombre de tu vida¨, él desenvuelve el papel y lee que «Ella no se andará con vueltas¨. Es el destino que se revela a los mortales. Sólo hay que prestar atención, le repito. 

Si en el cielo usted ve un pájaro y grita «¡es un pájaro!», pero al lado suyo hay un caballero que corrije ¨¡es un avión!¨,  y parados más allá hay dos que no se han visto nunca pero que al unísono resuelven: ¡es Superman!, he aquí un claro indicio de almas gemelas. 

Me pasó, recuerdo,  de conocer a un tal Juan que acudió a una cita a ciegas para encontrarse con una tal Patricia. Patricia acudió, pero no era la Patricia que Juan esperaba, esa se había arreglado con el novio y dejó plantado a Juan, que no se pertactó del plantazo puesto que la Patricia que acudió también esperaba a un tal Juan, que ese día fue arrollado por un tren cuando iba en camino a encontrarse con Patricia. Pasó que Juan y Patricia se conocieron, se enamoraron, se casaron, a los treinta años de matrimonio descubrieron la verdad y aún así no se divorciaron. Si esas no son almas gemelas, dígame usted cuáles lo son.

Ahora, dejemos en claro un par de cosas. Que dos almas sean gemelas a todas luces no significa que, como en el caso anterior, ambas queden unidas para siempre. Si las matemáticas y la naturaleza son perfectas se debe a que la Providencia obliga a que sea así, pero el hombre ejerce el libre albedrío y por ende puede desviar el camino de la perfección hacia donde mejor se le antoje. Si un taxista y una muchacha sentada en el asiento trasero del taxi se miran de reojo por el espejo retrovisor, y se desean en esa mirada, y se reconocen como almas gemelas, pero la muchacha deja de mirar porque decide serle fiel al marido, y el taxista deja de mirar porque decide esquivar el camión que se le viene de frente, ahí tenemos un claro ejemplo de cómo el hombre (y la mujer) pueden separar por desición propia lo que el destino pretendía unir. Y si otra vez en el colectivo usted observa que dos se miran, pero que cuando ella mira, él no, y cuando él la mira, ella, sin saber que la miran, tiene los ojos en otro lado, usted sabrá que esos dos se buscan mutuamente sin saberlo, que tal vez se hayan buscado por años, que quizá se hayan intuído desde el mismo preescolar. Entonces es el destino el que le pide ayuda a usted, a su libre albedrío. Porque usted sabrá que allí existe un claro indicio de almas gemelas, que bien podrían unirse si alguien les advirtiese corregir la sincronía de sus miradas.  Ya está el hecho casi consumado, ya casi el milagro de las almas gemelas que se encuentran para enlazarse por los siglos de los siglos. El resto depende de su buena voluntad, mi amigo. Depende de sus ansias por hacer perfecto lo perfectible, de sus ganas por unir lo que debe estar unido, y de lo harto que éste de ver indicios por todas partes. El resto depende de usted.

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  1. Y si por descuidó usted no interviene, el destino se lo cobrará. Pues quién nació para ver el alma de los demás, está destinado a guiar.

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