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Raza Superior
Érase una vez el fin del mundo.
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Érase una vez el fin del mundo. Los hombres de entonces se dividían en tres grupos: estaban los que se habían quedado en sus casas a brindar con sus familiares y amigos; los que habían ido a esconderse a sus búnkeres o refugios subterráneos; y los que creían poder salvarse resguardándose en las terrazas de los edificios más altos. Para estos últimos, la altura de los rascacielos representaba la cúpula que los posicionaba por encima del grueso de la humanidad, y aunque se respiraba la inminente extinción de la especie, entre la gente de las terrazas reinaba una calma relativa, alterada en circunstancias por el avance ocasional de unas naves alienígenas. Ocurría por primera vez en los cielos algo que llamaba la atención de estas gentes; un espectáculo de luces y discos voladores daba muestra de una sensibilidad artística, de una superioridad tecnológica nunca antes vista en la historia de los hombres.

—Señoras y señores —irrumpió un Ingeniero Civil—, debo admitir que estoy maravillado. ¡Qué tecnología! ¡Cuánta creatividad la de estos seres extraterrestres! Dedicamos nuestras vidas al diseño de los rascacielos, y así de pronto, en apenas un par de horas, estas criaturas nos ganan en altura a bordo de sus platos voladores ¡Magnánimos! ¡Qué soberbia!

La gente dispersa en la terraza comenzó a aproximarse al Ingeniero y muy pronto la conversación cobró fluidez.

—¡Fíjense en esa coreografía! ¡Qué destreza! —clamaban unos.

—¡Esto no es humano! ¡Cuánta delicadeza en los movimientos! ¡Cuánta precisión! —exclamaban otros.

—Por supuesto que no son humanos sino una raza superior —sentenció acaparando la atención un hombre calvo que sostenía una pipa entre sus labios—. Estos seres que aquí vemos revolotear con tanta belleza sobre nuestros rascacielos están aquí de visita. Mi nombre es Frederik, pero pueden llamarme Doctor Hanssen.

El descubrir que se encontraba entre ellos un conocedor de las ciencias llenó a todos de un profundo orgullo. Sin embargo no dejó de resultarles sospechosa su intervención; al fin y al cabo nadie sabía exactamente a qué ciencias dedicaba su vida el Doctor.

—¿Podría satisfacer nuestra curiosidad? Veo que está usted al tanto de las circunstancias, Doctor Hanssen —dijo el Ingeniero.

—Con el mayor de los gustos responderé a todas sus preguntas. He estado investigando a estas criaturas superiores desde mi temprana edad. Estos seres representan el nivel más avanzado en la escala de la evolución interplanetaria. Ellos son ahora lo que nosotros seríamos en un millón de años.

Los presentes quedaron estupefactos. Por fin alguien se atrevía a declarar lo evidente ¡y con qué seguridad pronunciaba sus palabras! Ahora todo estaba dicho. Una raza superior visitaba el planeta Tierra en el día de su destrucción.

—Doctor Hanssen —tomó la palabra un anciano que cargaba un volumen enciclopédico—, teniendo en cuenta que nuestros ancestros al carecer de equilibrio usaban sus cuatro patas para atravesar las junglas o para huir de sus predadores, y sabiendo que hoy en día el Homo Sapiens, gracias al privilegio de la evolución, ha logrado el equilibrio perfecto al mantenerse sobre sus dos piernas, ¿tengo que pensar que nuestros visitantes intergalácticos, al ser superiores, caminan en puntas de pie? —susurró a la vez que ubicaba en su libro un gráfico de la evolución humana.

Todos estuvieron de acuerdo en que la pregunta del anciano era interesante.

—Me asombra la agudeza de su pregunta, caballero. —Hanssen exhaló una bocanada de humo y se tomó su tiempo para contestar—. Pero antes de satisfacerla me atrevo a preguntarle cuál es la Universidad que ha tenido el gusto, ¿qué digo? ¡El honor de tenerlo a usted entre sus graduados!

El anciano, incómodo, se encogió de hombros y respondió:

—Ninguna. En realidad estudié esta enciclopedia de memoria en mis ratos libres.

—¡Un autodidacta! Me imaginaba. Créame que lo felicito. ¡Pero no lo dejaré con la duda! ¡Señoras y señores! —anunció Hanssen con aire de presentador de circo. Sosteniendo la pipa entre sus dientes estiró sus brazos a la altura de los hombros. Cuando todos creían que intentaría tomar vuelo, levantó su rodilla izquierda y quedó parado en una sola pierna. Entre la gente brotó un murmullo de asombro que funcionó como reacción en cadena para terminar en un estruendoso aplauso.

—Levanto mis brazos —explicó Hanssen—, para no caerme. Nuestro cuerpo no está preparado para el equilibrio perfecto. Sin embargo ellos, gracias a su grado evolutivo, ¡pueden caminar con un solo pie!

—¡Magníficos! ¡Soberbios! —estalló el Ingeniero—. ¡No necesitan de su pie izquierdo!

—Y créame, Ingeniero, que saben usarlo en muchas otras actividades —aseguró Hanssen.

—Dígame, ¿cuántos colores ven estas criaturas? —preguntó un renombrado artista plástico.

—¡Ajá! ¡Muchos más que los que usted se imagina! Pero nosotros tenemos mejor olfato —contestó Hanssen, encogiéndose de hombros.

—¿Y de qué planeta vienen? —preguntó entusiasmado un adolescente pecoso y fanático de la ciencia ficción.

—¡Por favor, niño! ¡Nunca se te ocurra hacerles esa pregunta! No tienen nada que ver con ningún planeta, ni siquiera con una galaxia en particular. Nacen y mueren en sus naves. En ellas recorren el espacio entero, que es su patria. No tienen nuestro concepto de pueblo, de tierra, de límites artificiales creados por las mentes inferiores. Tu planeta, mi planeta… ¡Nada de eso! ¡Su hogar es el universo! ¡El espacio cósmico del que somos parte y al que volveremos alguna vez, cuando nos llegue el fin!

De inmediato todos los presentes consultaron su reloj.

—Interesante concepto de vida —aseguró un monje tibetano que levitaba a espaldas del Ingeniero—. Me pregunto si serán capaces de soportar el dolor físico utilizando la meditación trascendental.

—Con todo mi respeto hacia su meditación —Hanssen hizo una reverencia—, le respondo que estas criaturas son quizás un poco más prácticas a la hora de evitar el dolor. Permítame el ejemplo: Si a cualquiera de nosotros nos cortasen la punta de la nariz, no sólo sufriría la nariz, todo el cuerpo respondería a la pérdida con profunda aflicción. Ellos en cambio han logrado que si la nariz sufre, solamente ella sufra, ya que el resto del cuerpo no tiene por qué participar de su dolor.

—¡Pero, Doctor! ¿Cómo hacen para que el resto del cuerpo no se aflija por la herida del miembro?

—Simple. El cerebro bloquea la información. El miembro sufre pero nadie se entera. Entonces sufre solo.

—¿Pero acaso la nariz no es parte del cuerpo? —inquirió el anciano consultando en la enciclopedia una lámina de Anatomía.

—¡Mi amigo! ¡Un miembro es parte del cuerpo siempre que al cuerpo le convenga! Cuando la nariz deje de sufrir, el resto del cuerpo le dará la bienvenida como si nada hubiera pasado.

—¡Fabuloso! —dijo el adolescente de las pecas que, como el resto de los presentes, no dejaba ahora de acariciarse la nariz.

Una lluvia de relámpagos provenientes de las naves invadió cada rincón del cielo. Por primera vez la gente de las terrazas sintió miedo. Todas las miradas buscaron la figura del Doctor. Era el único que podía brindar a sus mentes la seguridad que da la Ciencia.

—Sólo están tomando fotos. Que no cunda el pánico —intentó calmarlos Hanssen.

—Doctor, ¿cómo son estos alienígenas? —volvió a intervenir el muchacho—. ¿Disparan rayos con sus dedos? ¿Son verdes y de ojos saltones?

—¡Qué insolencia niño! ¡Más respeto! —se ofuscó una mujer pelirroja ya entrada en años y de modales refinados—. ¿Acaso no ves de quiénes estamos hablando? —Ya calmada y con una suave sonrisa en sus labios suspiró—. Son una raza superior, seguro que sus pieles son blancas como la leche, puras, casi trasparentes…

Hanssen puso el grito en el cielo,

—¡Oh, no, no, señora! ¡Se equivoca usted! ¡Qué desactualizada! ¡En realidad son tan amarillos como un limón!

Un estudiante japonés despegó sus ojos de los binoculares que sostenía en la mano y sonrió orgulloso.

—Pero hay algo que no podemos negar, Doctor Hanssen —se apresuró a decir el Ingeniero intentando salvar a la pelirroja de la incómoda posición en que había quedado—. Siendo superiores seguramente sentirán piedad por nosotros y practicarán la caridad. ¡Ya los imagino enseñándonos los secretos de la Física y la Metafísica! ¡Compartiendo con nosotros su avanzada tecnología! ¡Integrándonos al sistema!

—No imagine tanto, Ingeniero —interrumpió la pelirroja—. Como raza superior que es lo más probable es que odien nuestra piel, nuestro olor, nuestras insípidas culturas —agregó, casi disfrutándolo—. Lo más probable es que estén planeando esclavizarnos. ¡O segregarnos para siempre del universo oficial!

—Pues ninguno de los dos tiene razón —interrumpió Hanssen— ¿Amor? ¿Odio? No los conocen —y exhalando una bocanada de humo resumió—: Son superiores, practican la indiferencia.

El japonés con los binoculares dirigidos hacia el cielo comenzó a temblar.

—¿Ven ese meteorito que se acerca? —retomó Hanssen—. Tiene el tamaño de toda Austria y se dirige exactamente hacia la Tierra. ¿Alguien cree que ellos harán algo por salvarnos?

Entre la gente de la terraza reinó el silencio. El Ingeniero agachó la cabeza y el monje tibetano dejó de levitar. Sólo faltaban cinco minutos para la colisión y todos sabían que no sería una raza superior la que evitaría el fin de los hombres.

—Al fin y al cabo, sólo están filmando un documental —suspiró Hanssen.

Los flashes alienígenas comenzaron a multiplicarse.

—Qué belleza de raza… —gimió la pelirroja enjugándose una lágrima.

(c) Guillermo Galli

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