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Mimi en la cocina
cuando mi voz salió al aire, yo mismo estuve en toda la ciudad
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Me acuerdo que una vez llamé a un programa de radio, eran las dos de la mañana. Opiné una insensatez sobre el partido del domingo y ya está, eso fue todo. Al rato me puse a pensar: cuando mi voz salió al aire, yo mismo estuve en toda la ciudad (y en cada rincón) como un espíritu gigante, como una neblina tremenda en las calles, como el hollín o esa pelusa que se esconde en lo más íntimo de una casa. No importa si pocos o nadie la escucharon, mi voz estuvo donde pudiesen llegar las ondas de radio: en un nido, en un zapato, en un corpiño tirado, en una cocina comedor, en las aulas vacías de la escuela, en una botella llena, en el tren que pasaba. Esto pensé y después me fui a dormir. 

Mimi tenía dos años casi tres. No hablaba mucho, no porque no supiera, cada tanto armaba frases enteras que nos dejaban boquiabiertos. Pero no hablaba mucho, más bien le gustaba dibujar. Le dabas papeles y lápices de colores y podía estar tres horas concentrada haciendo personajes con cabeza, torso y palitos de extremidades. Creo que fue una de las razones por las que mamá se animó a volver a trabajar, porque Mimi se portaba tan bien, así que tomó un trabajito de medio tiempo, hasta el mediodía. Yo me quedaba con Mimi a la mañana y a las doce y media me iba al colegio, cuando volvía mamá. Me despertaba a eso de las nueve y a las diez la despertaba a Mimi, le daba leche con galletitas, sus papeles, sus lápices y me iba a duchar. La dejaba en el comedor, sentadita a la mesa, le ponía algún programa para chicos en la tele o en la computadora, aunque ella no le prestaba mucha atención. Esta rutina la habré hecho un par de meses  y entonces una mañana cuando salí del baño me la encontré dibujando como siempre, pero no en el comedor, sino sentadita en el piso de la cocina. Me llamó la atención porque, como dije, podía quedarse horas dibujando, pero siempre lo hacía en el mismo lugar, tan concentrada que ni se movía de donde la dejabas. Le pregunté que porqué estaba en la cocina y me respondió que porque era divertido. Bueno, pasó. Me acuerdo que eso fue un viernes. Me olvidé, ni le dije a mamá. Pero el lunes de nuevo, salí de ducharme y en el comedor la tele prendida hablando sola, en la cocina Mimi tirada en el piso haciendo monigotes de colores. Se había llevado el bloc de hojas, la cartuchera con lápices y le había sumado unos libritos para colorear. Le dije que volviera al comedor, que el piso de la cocina estaba frío, que si quería dibujar en el piso lo hiciera en el living que había piso de madera, o sobre la alfombra de su pieza. En realidad no me gustaba mucho que estuviese sola en la cocina, a ver si prendía el gas, o tocaba la heladera descalza, pero lo que más me incomodaba era el calefón. Yo me duchaba con agua muy caliente, porque soy de piel seca, los que tenemos piel seca somos medio friolentos, entonces al calefón lo ponía en cinco y mamá me retaba, porque cuando abría la canilla del baño el calefón hacía un ruido que parecía el Challenger despegando desde Cabo Cañaveral. Digo el Challenger y no el Apolo 11 porque todos sabemos lo que pasó con el Challenger. No me hacía mucha gracia que Mimi pintara cerca de un cohete espacial cuyo destino era volar en mil pedazos. Igual seguí bañándome con agua bien caliente y Mimi siguió apareciendo en la cocina cada vez que yo me terminaba de duchar.

Una mañana mientras me secaba la cabeza paso por la puerta de la cocina y la escucho cantar. Estaba como siempre muy concentrada en sus dibujos sólo que esta vez cantaba. Lo de nunca, porque siempre dibujaba en silencio. ¿Qué cantás? le pregunto, Tatín me dice. Enseguida pensé en alfajores. Será una canción de la tele, pensé, alguna publicidad. En el comedor el televisor estaba encendido, así se lo dejaba yo antes de irme a duchar, y así aparecía, encendido y solito, sonando en el comedor mientras Mimi dibujaba en la cocina. Esa tarde no hubo clases así que me quedé a almorzar con Mimi y con mamá. Estábamos viendo el noticiero y en eso aparece una publicidad de unos caramelos. Me acordé de la canción del alfajor, le digo a mamá ¿sabés que Mimi aprendió una canción? Cantala Mimi, ¿cómo es? la canción del alfajor, dale, hoy la cantabas, ¿te acordás? Me miró entusiasmada y con la boca llena de fideos entonó:

Yo soy Tatín, un chiquitín, muy regalón, les diré lo que hago yo, 

cuento cuentitos, canto cantitos, todos chiquitos, todos bonitos del corazón

y siempre muy contento estoy.

Mamá al principio se quedó. Dejó de masticar. Un fideo finito le asomaba en la comisura izquierda de los labios. Se quedó, se quedó, parecía que miraba la tele, pero no, estaba como revolviendo algo en su cabeza, como quien busca. Entonces sonrió, siguió masticando, tragó, se limpió el pesto que le había quedado en la pera y entrecerrando los ojos dijo que esa canción no es de ningún alfajor. Enseguida el noticiero empezó a gritar una noticia espeluznante, mamá apagó el televisor y se llevó los platos y una sonrisa melancólica a la cocina. 

Cuando los bebés dejan de ser bebés y empiezan a hablar es fácil compararlos con esos loritos que repiten cualquier cosa que escuchan a menudo. Mamá por ejemplo tenía la costumbre de putear sin putear, lo hacía en forma de esos amagues picarescos y a la vez inocentones que cuando se machucaba un dedo la obligaban a gritar la punta del sauce verde, la punta del obelisco, la pucha, que te tiró de las patas. Pero la muletilla de mamá era me caigo y me levanto, lo decía muy seguido y Mimi se lo había aprendido como un lorito, pero lo pronunciaba mal, o bien en realidad, desenmascarado y sin moños decía me cago y me levanto tirando al tacho el recato, el amague, la picardía y la inocencia de la frase. Eso a mamá la ponía como loca, porque para peor lo había aprendido de ella, junto con tantas otras frases cuyas fuentes teníamos bien identificadas: mamá, yo, la tele, el tío Felipe que llamaba seguido por teléfono, un juguete parlanchín que estaba roto y que se había tildado en hora de comer, hora de comer, hora de comer. Sin embargo, en esos días Mimi había empezado a repetir palabras que ni yo ni mamá teníamos idea de dónde las había sacado. En realidad el más sorprendido era yo, porque que solía decirlas durante la mañana cuando mamá no estaba y en especial luego de que yo saliera de mi ducha bien caliente. 

A los pocos días pasó lo del teléfono. En mi curso había una chica que me gustaba. Unos ojos tenía, era como mirar en esas playas tropicales de aguas celestes, pero no frente a la vidriera de una casa de turismo, no, era como estar ahí de veras, frente a un mar que era el cielo a la vez. Yo no me cansaba de mirar ese mar, sentado en la arena, como un estúpido. En eso estaba, cuando una tarde el mar me mira a mí, yo me doy vuelta y detrás mío nadie, nada, la pared blanca del aula, así que volteo y todavía estaba ahí, el mar en la chica, que me sonríe y que me guiña un ojo. No sé de qué color me puse, supongo que rojo, o blanco, como la pared detrás mío. Pasan dos o tres días y una mañana en casa suena el teléfono, era ella.  Me dice: hola, ¿cómo estás? Hola, bien, respondo, ¿vas a la escuela hoy? pregunta, si, ¿por? respondo y pregunto, como un pavote, y me corta, con toda la razón del mundo. Me voy al sillón a pensar, a pensar en cómo la podía arreglar, “si ¿por?”, idiota, y ni siquiera tenía su teléfono, ¿cómo consiguió el mío? las amigas, tiene contactos. En eso vuelve a sonar el teléfono, me levanto del sillón y empiezo a correr, me choco contra la mesita ratona y me voy al piso, desde abajo alcanzo a ver que Mimi levanta el tubo y dice ¿hola? ¡si amigos! ¡esta es la casa de los Pérez García! Le saco el tubo, rápido, lo tapo y la reto ¡¿porqué dijiste eso Mimi?! Me estrello el tubo en la oreja y silencio, después escucho una carcajada, la del tío Felipe que de inmediato pide por mamá. Mamá atiende y pregunta ¿no, por? sonríe y con la mirada busca a Mimi por todo el living, como si se le hubiese perdido, la descubre desapareciendo por el pasillo, rumbo a la cocina, pone cara de extrañada mamá, lanza un ¡ja! y después pregunta ¿qué?

No sé de dónde sacaba esas frases Mimi, pero la cosa debía tener su explicación racional. Yo no creo en lo sobrenatural, yo creo en la ciencia, se lo dije una vez a mi profesora de biología y estoy seguro que en su interior me sumó un punto. En su interior digo, porque en el boletín dibujó el promedio del cuatrimestre: un tres. La de matemáticas hizo un esfuerzo más, se animó a un cuatro, es que le caía simpático. Para el resto de los profesores yo era un número más: un dos, un uno, un cinco, otro uno. Llevé el boletín a casa, y aunque yo creo en la ciencia, las excusas que en mi cabeza formulaba para explicarselo a mamá eran todas sobrenaturales. No alcancé a decir ni una, mamá miró apenas el boletín, como sin importancia, y ahí nomás empezó a correrme por toda la casa. Yo saltaba obstáculos, mamá los pateaba, salté por encima de la mesita ratona y ahí gané tiempo porque ella tuvo que dar la vuelta por detrás de los sillones, entonces Mimi aparece de la nada y me grita ¡huye, Tantor, huye! o algo que sonó así. Ahí mamá paró de correr y fue como si me hubiese salvado la campana, porque puteó, asustada, y no por mi boletín. Se la quedó mirando a Mimi y esta vez no sonrió, en cambio se plantó muy seria, se sentó en el sillón, jadeó un poco, la llamó a Mimi y tras una pausa le empezó a preguntar cosas que no escuché porque yo estaba a unos seis metros de mamá por razones obvias. Entonces veo que Mimi alza su dedito índice y apunta a la cocina. Mamá se levanta del sillón pero no sabe para qué, y entonces Mimi la que toma la iniciativa, sujeta a mamá de un pulgar y se la lleva a la cocina, no digo a rastras, más bien como si tirara de un carrito que se va llenando de dudas. 

  Lo que pasó después pasó en menos de un minuto. Yo sé que mamá no quería entrar a la cocina, no por miedo a que Mimi abriera un armario del que brotaran duendes como lauchas, sino por temor a que le mostrara el armario vacío y que le hablara a los duendes con soltura e insistencia, como si estuviesen allí. Ese era su temor, y yo lo sé porque mamá cree en la ciencia, como yo. Igual eso no pasó. Fue un poco peor. Las seguí a la distancia y cuando asomo la cabeza a la cocina veo que Mimi está señalando el calefón. Mamá no entiende. Yo algo creo entender, no tanto, pero ese algo que entiendo me mueve a correr al baño y abrir la canilla del agua caliente de la ducha. Vuelvo a la cocina y la miro a mamá como pidiendo permiso, entonces subo la perilla del calefón a cinco y ahí tenemos al Challenger otra vez, despegando desde Cabo Cañaveral rumbo a volar en mil pedazos. Para que se entienda, el sonido del calefón era más o menos así: se toma una chapa de zinc, de esas acanaladas, se toma el balde previamente cargado de piedritas, las de canto rodado, se vierten las piedritas sobre la chapa de zinc, de a poco primero, a lo bruto después, se abre la ventana de un cuarto que debe estar ubicado en un séptimo piso a la calle, que no debe ser una calle sino una avenida muy transitada un miércoles a la doce treinta del mediodía (recuerden que afuera debe estar lloviendo a cántaros y que por la avenida deben transitar al menos ocho líneas de colectivos); al repiqueteo del canto rodado sobre el zinc y al murmullo pesado que entra por la ventana damos la señal: procede el coro sinfónico de no menos de veinticinco voces a recrear un acorde disonante que debería ilustrar, sin lugar a discusiones, la bienvenida al infierno al más cobarde de los pecadores. Luego, las voces se transforman en gritos apasionados de toda índole y es el momento de amenazar al gato con el objetivo de que profiera un bufido semejante al de una cobra real (si se dispone de una cobra real, tanto mejor). Hecho esto tenemos el sonido de mi calefón en cinco. Entonces Mimi apunta con el dedo una vez más, mamá acerca la oreja y yo también: antes oíamos, ahora empezamos a escuchar. Al principio parece estática, la que brota de cualquier radio cuando no está tomando ninguna emisora, puro ruido blanco que en parte es el eco del Big Bang, lo investigué después en Internet. Pero en seguida, y entremezcladas con esos gritos atroces que parecen almas en pena, chispean unas esquirlas de voces, unos fragmentos fantasmales. Mamá y yo nos miramos, en un acuerdo tácito bajamos la vista y ahí está Mimi que esboza una sonrisita porque parece que empieza lo mejor. Entonces las voces se hacen más claras y en medio del chapoteo del zinc se entreveran unas trompetas alegres y machucadas por la estática. Después sí que se escucha bien clarito.

¡Qué lindos que son tus dientes!

le dijo la luna al sol

y el sol contestó sonriente

¡me los limpio con Odol!

Mimi bailó un poquito. La voz de un hombre que me imaginé engominado hizo rechinar el calefón. El timbre era gangoso, juraría que hablaba haciendo falsete, pero lo que decía lo decía bien serio, litúrgico. Lo tapó de nuevo el ruido blanco, así que en un impulso llevé mi mano a la perilla del calefón y la moví como quien busca en el dial. Mamá puso su mano sobre la mía y corrigió, devolvió la perilla a cinco, el armatoste de lata rechinó otra vez.  

… de 1952… Radio El Mundo de Buenos Aires 

con sus ondas cortas LRX LRX1 y su cadena de emisoras.

Me acuerdo que un impulso me llevó a mirar el almanaque pegado en la heladera. En cambio mamá hacía cuentas en su cabeza. Nos miramos y tiramos números, cincuenta, cincuenta y tres, cincuenta y dos años. Pasaron las horas casi tan rápido como las décadas. Dejamos de hacer cálculos cuando nos dimos cuenta que las voces iban y venían desde tiempos aleatorios, lo mismo que las emisoras, los personajes, las canciones. No escuchamos noticias relevantes, no se oyó la llegada del hombre a la luna ni el fin de la segunda guerra, lo que nos hizo pensar que no había una mano mágica diseñando un popurrí nostálgico, que el viento trae polvo y perfume por igual y sin saberlo. Lo corroboramos, mamá y yo, que creemos en la ciencia, cuando notamos que algunos radioteatros quedaban truncos en la mejor parte, que nos perdíamos fragmentos relevadores y finales apasionantes. Esto no es a propósito, nos dijimos. Fue por eso que nos animamos a llamar a la ciencia. La ciencia le decíamos a un ex novio de mamá que era profesor de física en la universidad. Él sí trajo a la ciencia, que llegó en forma de siete señores de pullover, barba y anteojos, sin excepción. Las ciencias normales atrajeron a las paranormales, en cuestión de días la casa era un laboratorio de cazafantasmas, esto espantó a los científicos y atrajo a los periodistas que al principio eran divulgadores científicos y más tarde divulgadores de lo que fuera. Llenaron al calefón de micrófonos, de estetoscopios, de cables que iban a cajitas con botones, de ventosas en la carcasa que iban a otras ventosas pegadas en la cabeza rasurada de uno. Una tarde, cansados del bullicio de los expertos y del calefón encendido todo el día, y viendo que nadie se ofrecía a pagar la cuenta del gas, los echamos a todos.  

Nos quedó la costumbre sin embargo. Se hizo rutina tomar mate pegados al calefón para escuchar lo que se trajera el viento. No sabíamos lo que íbamos a escuchar, creo que eso mantenía la llama viva, la de la costumbre y la del calefón.  Fue curioso, lo último que llegamos a oír fue un cierre de transmisión del año 48, una noche a las doce. Sonó por primera vez una melodía que era un arrorró, tan dulce como para morir en paz. Al otro día temprano el calefón se quemó. Quizás por culpa de usarlo en cinco. Mimi no se hizo mucho problema, volvió a sus dibujos en cualquier lugar de la casa. Con mamá un poco lo extrañamos, para qué negarlo. Nos juntaba. Era tema de conversación en la cena. Era mirarse sonriente cuando de casualidad sonaba el capítulo final de un radioteatro. Pero con mamá creemos en la ciencia y ni se nos ocurrió cambiarle la serpentina.  A la semana compramos un termotanque que resultó bastante silencioso.

© Guillermo Galli.-

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  1. Un cuento super fantástico!!
    Doy gracias por haber encontrado la página !
    Si se me permite lo voy a compartir
    Con autor y todo
    (No quiero problemas)
    GRACIAS!! HERMOSO CUENTO

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