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Mensaje en un boleto
Tarea para el hogar: buscar en internet qué es un boleto de bondi
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No es nuevo eso de enrollar el boleto y meterlo en algún hueco del asiento de adelante. ¿Vos pensás que es nuevo? Para nada. Antiguamente los boletos de colectivo eran un auténtico medio de comunicación. La gente escribía cosas en su anverso, los enrollaba y los insertaba donde podía. Eran como botellas al mar. Todo lo que fuese un mensaje desesperado se escribía en un boleto y se abandonaba en alguna rendija del asiento de adelante. Entonces, si un día amanecías peleado con la vida, podías subirte al bondi con un lápiz en el bolsillo, pedir hasta la terminal y dedicar el viaje a escribir tu descargo. Si por el contrario te sentías satisfecho y hasta caritativo, desenrollabas cualquier boleto que tuvieras adelante y leías cosas como “quien lea esto sepa que estoy muy solo y que voy a la deriva”. Así bendecías tu buena suerte, te compadecías del pobre hombre y de paso te enterabas que la vida no es un carnaval, ni mucho menos.

    De a poco la gente descubrió que en general los asientos eran ocupados por los mismos pasajeros. Este hallazgo despertó el ingenio de unos cuantos, que comenzaron a dejar mensajes secretos con destinatario. Así podías encontrarte con un “Alberto abrí los ojos que tu mujer te engaña” o con un “cuidáte Juan Carlos que Matilde te está haciendo magia negra”. Pero el método no era infalible. La posibilidad de que Juan Carlos de Recoleta no se subiese a ese colectivo y en cambio lo hiciese su tocayo de Lanús, que éste leyese el mensaje que no era para él sino para el otro, era remota pero no imposible. ¿Y quién no conoce alguna Matilde dispuesta a clavarle los alfileres a algún Juan Carlos? Estas confusiones provocaron un malestar general en sociedad, lo que obligó a los choferes a prohibir la escritura y abandono posterior de boletos. De esta manera fueron desapareciendo las botellas al mar y los mensajes personalizados. Sin embargo la costumbre no caducó sino que pasó a la clandestinidad. El boleto comenzó a utilizarse como herramienta del espionaje internacional. Los agentes secretos de distintos países viajaban a Buenos Aires sólo para intercambiar boletos con información confidencial. Años más tarde, con la profesionalización de las palomas mensajeras, los mensajes secretos en los boletos pasaron de moda. Otra vez el común de la gente volvió a escribir en ellos, aunque el tema ya no sería el desengaño ni el secreto militar, sino el amor. Los espías fueron reemplazados por hordas de muchachos enamorados que buscaban en el colectivo a la mujer de sus sueños. Los asientos se llenaron de boletos incrustados con piropos y confesiones de amor eterno. Cuando un enamorado quedaba alucinado con una chica sentada, por ejemplo, en el asiento de al lado, le indicaba con la mirada que el boleto que tenía delante suyo era para ella y sólo para ella. La muchacha solía desenrollarlo y encontraba allí un piropo que le sacaba una sonrisa y que daba pie para pasar a mayores.

    Si bien los colectivos fueron cuna de centenares de matrimonios felices y de amantes apasionados, no eran pocas las veces que una muchacha desenrollaba un boleto y se encontraba con alguna frase pasada de tono o con algún piropo que simplemente no era para ella por contradecirse con su pelo, con sus ojos, con el escote o con su mismo sexo. El riesgo de que esto pasase hizo que con el tiempo sólo los caraduras se animaran a invitarle un boleto a la mujer deseada. Para colmo surgió la mala costumbre de dejar escritos insultos y groserías, destinadas en general a los pocos ilusos que todavía se atrevían a desenrollar boletos. Finalmente ya nadie se tomó el trabajo de abrir un boleto enrollado. Los piropos se dijeron sin tapujos, en persona y por la calle; los insultos terminaron escribiéndose en las puertas de los baños públicos, donde no queda otra que leerlos. Hoy la gente sigue dejando los boletos en el colectivo, pero no escribe nada en ellos. Si se enrollan y se clavan en el asiento de adelante es porque tirarlos al piso resulta poco ecologista y guardárselo en el bolsillo es acumular basura.

    Igual no falta quien todavía se anime a encontrar algo escrito en un boleto. Yo mismo me enamoré una tarde de una chica en el 60. Como hiciesen mis abuelos antaño, le indiqué con la mirada que el boleto enrollado delante suyo era para ella y sólo para ella, con la secreta esperanza de que así fuese. A duras penas logró sacarlo, estaba tan apolillado que casi se le deshace entre los dedos. Lo desenrolló y leyó araca, que Hitler pretende invadir Polonia. La muchacha resultó ser coleccionista de antigüedades. Así me gané su sonrisa. Después bajamos y nos fuimos a tomar un café juntos.

(c) Guillermo Galli

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