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La brisa
...trayendo consigo lo que ya no está.
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La mujer de rojo se bajó del taxi y sacó de la cartera las llaves de su departamento. Esa tarde una brisa tenue acariciaba los recovecos del edificio y en el piso nueve se mezclaba con las voces de dos ancianos tomando mate.

    —Las gallinas están sueltas y el portón del gallinero quedó cerrado—aseguró el anciano.

    —Todavía no oscurece —contestó la anciana—. Además hace rato que ya no veo a esos sarnosos merodeando por la zona.

    —No es por los perros —aseguró el anciano.

    —Dejá esas gallinas en paz entonces, que no te molestan.

    —No es por los perros, vieja.

    —¿Y entonces?

    —Se van a mojar. ¿No ves? … la lluvia.

    —¿Qué lluvia?

    La mujer de rojo entró al edificio y saludó al portero con un gesto opaco. Llamó al ascensor y las luces del marcador comenzaron a brillar. 

    —¡Dejaste la puerta abierta, las gallinas se están mojando! –acusó el anciano.

    —Por favor no me asustes —rogó la anciana como susurrando una plegaria.

    —¡Siempre fuiste una irresponsable! ¡Nunca serviste para las cosas del campo! ¿A quién llamás ahora? ¡Las gallinas se mojan, no vendrá  tu madre para cerrar el portón del gallinero!

    La anciana se quedó con el tubo del teléfono en la mano.

    —¡Llamo al médico! ¡No llueve, Miguel!

    —Más vieja y más ciega te ponés. Y más inútil y más mentirosa.

    —¡Mentiroso vos! ¡No estuviste tomando la pastilla! Estás enfermo, ¿ves? ¿Tanto te gusta que te lo diga? ¡No está  lloviendo, no está  lloviendo!

    —¡Las gallinas se mojan! Y ya no tomo más pastillas.

    —No hay gallinas, Miguel. Estamos vos y yo; y aquí sentada la mala suerte que tengo de ser la única que está  sana.

    Llegó el ascensor. La mujer de rojo apretó su uña esculpida contra el botón que la llevaría al noveno piso.

    Miguel se agarró la cabeza y se acurrucó sobre la silla hasta quedar en posición fetal. La anciana lo observaba angustiada, al borde de la desesperación.

    —Está pasando otra vez —aseguró el anciano.

    —¿Dónde están las pastillas, viejo? ¿Dónde las escondiste? ¡Por favor, hacé memoria Miguel!

    —¡Escuchá, escuchá!

    —¡Viejo, dónde están! 

    —Hace años que no tomo pastillas, ¿te acordás? ¡Hacé silencio! ¡Silencio! ¡Shh!

    —Pero el doctor dijo…

    —¡El doctor ya está muerto! ¿No escuchás, vieja?, ¿no sentís?

    La anciana quedó paralizada, un antiguo recuerdo cruzó delante de sus ojos como una estrella fugaz.

    —Muerto… —reflexionó, y sus labios comenzaron a vibrar.

    —¿No escuchás, mujer?

    La anciana se aferró a su marido.

    —Muerto el médico… tan muerto… me acuerdo.

    —Vieja…

    —Escucho ahora —dijo extrañada—. No es lluvia.

    —Es la brisa —aseguró Miguel—. ¿Te das cuenta? nos está tomando el pelo otra vez.

    La anciana apoyó las manos en la falda. Luego, indecisa, las llevó lentamente hacia el respaldo de la silla.

    —Miguel, esta no es mi silla —aseguró temblando y meneando la cabeza.

    —Tranquilizáte, por favor.

    —¿Y el mate? ¿Dónde está el mate? ¿Y las gallinas?

    —No hay gallinas —lamentó el anciano—. ¡Hace mucho que no!

    La anciana se levantó sin mucho esfuerzo olvidando la artrosis que por tanto tiempo la mantuvo inmovilizada. Se paseó por un comedor que no era el suyo, acarició unas paredes blancas, diferentes a las de su casa, que eran verde turquesa.

    —¡Mi casa! —imploró.

    —Aquí, alguna vez —suspiró el anciano.                              

    Una brisa tenue que entraba por la ventana desacomodó las cortinas y sopló contra la anciana, pero no la despeinó. De pronto ella recordó su casa, se vio paseando entre los muros el día en que la demolieron. Recordó cómo suplicaba ante los obreros, contempló sus lágrimas caer sobre la mampostería hecha añicos y supo que nadie podía escucharla. Vio a su marido resignado, mientras las vigas caían y lo atravesaban sin hacerle daño. Más tarde un camión se llevaría los escombros.  

    —¿Otra vez la brisa, Miguel? —preguntó la anciana encogiéndose de hombros. 

    —Nos ha vuelto a engañar —respondió el anciano sonriendo.

    La mujer de rojo puso la llave en la cerradura, la giró y empujó la puerta. A sus ojos el departamento de siempre, tan solitario y cargado de silencio. Sólo un par de sillas mal acomodadas rompían la armonía en su pequeño mundo de paredes blancas. Cerró la puerta y sintió una leve corriente de aire que le acarició la nuca. Miró a su alrededor y descubrió que la ventana había quedado abierta. Otra vez abierta. Entonces fue y la cerró. Afuera quedó el balcón del noveno piso, y golpeando contra el vidrio la brisa del tiempo, ésa que a veces engaña a las sombras trayendo consigo todo lo que ya no está.

(c) Guillermo Galli

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