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La cueva del villano
Puedo jurarle que allí está su moneda, señor Galíndez.
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Cuando al afortunado hombre de negocios Armiño Galíndez le agarró la nostalgia quiso recuperar su primer centavo ganado. Entonces contrató a un detective especialista en objetos perdidos para que rastreara la moneda. Le ordenó que no escatimara en gastos y que no intentara engañarlo con una moneda que no era la suya porque él se daría cuenta al instante. El detective se puso en campaña partiendo de la pista que el propio Galíndez ofreció, con su primer centavo el hombre de negocios había pagado un choripan en la costanera. El detective dio con el dueño del carrito y le hizo recordar, primero por las buenas y más tarde a la fuerza, qué había hecho con ese centavo cobrado hacía más de veinticinco años. La confesión llevó al detective a un ferretero de Lanús, éste a un mozo de Corrientes al 1600, el mozo a una vedette de teatro de revista, la vedette a un almacenero de Monte Grande, el almacenero dijo que lo gastó su esposa fallecida y la finadita lo condujo desde el Más Allá a un sodero ya retirado. El detective consultó vivos y muertos, abrió alcancías y monederos, destripó colchones y se rasgó las vestiduras al descubrir que él mismo había gastado el centavo años atrás. Luego de una década de investigación dio con el paradero de la moneda. Entonces citó a Galíndez y relató al magnate, exhibiendo tickets y facturas, las peripecias por las que había pasado en busca de la moneda. Cuando Galíndez comenzaba a impacientarse, el detective le comunicó el resultado de la investigación.

    —Mire, en realidad la moneda no la conseguí. Pero sé quién la tiene.

    —No me diga que el Gran Bonete… —rogó Galíndez angustiado.

    —La tuvo, pero se la cambió a un fulano por estampillas.

    —¿Pues entonces quién la tiene?

    —¿Oyó hablar de la Cueva del Villano?

    —Más o menos.

    El detective relató la existencia de un villano que habita una cueva en las profundidades de la ciudad. El villano es dueño y guardián de la cueva y la protege con recelo. Se dice que de ella parten decenas de túneles que no tienen salida al exterior, pero que esconden tesoros o verdades que los hombres han buscado durante milenios. Hay un túnel que conduce a los setecientos mil pergaminos de la Biblioteca de Alejandría que se creen destruidos por el fuego; hay otro que llega a la misma Atlántida; otro a los jardines del Edén; otro al Aleph que Borges presenciara en un sótano de la calle Garay; y hay una cámara llamada De Pequeños Grandes Objetos donde se exhiben, como en un museo, objetos personales que se los tuvo en poca estima hasta que se los dio por perdidos.

    —Puedo jurarle que allí está su moneda, señor Galíndez.

    —No jure. Vaya y consígala. Pagaré lo que sea. Pida ticket o factura.

    —Lo que usted desea es imposible.

    —Entonces que le firmen algún recibito…

    —Nadie conoce la entrada a la Cueva del Villano. Se la buscó mucho más que a su moneda. Encontrarla es más difícil de lo que parece. Imagínese, sólo existe una entrada y después de ella el acceso a todos los tesoros perdidos de los hombres. Esa puerta debe estar bien escondida y muy custodiada.

    —Olvídese de los tickets. Pague, soborne, chantajee a quien sea. Encuentre esa cueva. Yo quiero mi moneda.

    Galíndez entregó poco a poco todas sus monedas para recuperar la primera. Al final murió en la miseria, como mueren aquellos que dan todo por las causas perdidas. 

    Mientras tanto, la entrada a la Cueva del Villano sigue siendo un misterio. Los actuales investigadores no bajan los brazos sino que están ilusionados; ahora saben que de una forma u otra la fortuna de Galíndez fue a parar a la Cueva, y siguen una pista, la que apunta a un detective especialista en objetos perdidos. 

(c) Guillermo Galli

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