menu Menú
Las hermanas heladeras
Esa maldita bendición
Anterior La pelambre Siguiente

En Turdera hubo una heladería. Hoy esa esquina es una persiana sucia, con decenas de capas de pintura vieja de las cuales brota un óxido insistente. Cuando mi tío venía de visita de Rosario no había noche que no me llevara a esa heladería. Atendía un señor mayor y sus dos hijas, un poco más que adolescentes. Yo tenía ocho años y a excepción de un breve cosquilleo por mi maestra de tercer grado no tenía ojos para chicas que no fueran de mi edad. Sin embargo había algo en las hermanas heladeras que me hipnotizaba. No sé si mi tío lo presentía, pero cada vez que venía de Rosario me daba la mano y me decía: ¿vamos a tomar un helado? y me guiñaba un ojo, como si supiera que el chocolate con almendras no era la razón para mí. 

Un día mi tío se peleó con papá y no vino más. Yo seguí pasando por la esquina, pispeaba cada vez que podía. Eran muy blancas, las dos. Pálidas, pero no enfermizas sino como de porcelana, de rasgos finísimos. Hoy las pienso como Olga y Tatiana, dos de las hijas del último zar, con esa belleza trágica en sus rostros. No están para rascar sambayón del fondo del tarro, pensé alguna vez, son de cuento de hadas, deberían vivir felices para siempre en un palacio comiendo perdices y durmiendo siestas interminables.  

Pasó el tiempo para mí, cumplí diez, doce, me hice adolescente y a los veintitrés las alcancé. Veintitrés es la edad que desde chico pensé que tenían y que para mis ojos aún conservaban. El señor mayor había fallecido, ellas en cambio siguieron sirviendo helado en esa esquina de Turdera, dueñas de una belleza intacta que me hizo pensar -una vez- que dormían en la cámara frigorífica de la trastienda. 

Una noche entré en la heladería, me acerqué a la que se parecía a Tatiana y la invité a salir. ¿Salir? Dijo la otra mirando el mostrador que a mí me pareció una jaula. Tatiana asintió con una mueca, en sus ojos no vi pudor sino oportunidad. La esperé afuera hasta el último cliente. Salió de la heladería como a tientas, mientras la otra acomodaba todo para cerrar el local. Me dio la mano (sorprendentemente tibia). Caminamos así por unas calles que imaginé que eran mi barrio porque no nos alejamos mucho. Al rato llegamos a su casa. Entramos y ella me dijo esperá aquí. Aquí era un cuarto en penumbras, pero cuando ella salió y prendió una luz en otra parte de la casa se iluminó una pared cubierta de cuadros antiguos, antiguos de la época en que no existían las fotos, y de fotos antiguas, de una época en ya casi nadie posaba para un cuadro. Vi un ánfora ancestral adornado con los rostros de dos muchachas en relieve. Cuando mis ojos se acostumbraron a la poca luz vi esos rostros en los cuadros y en las fotos de tiempos disímiles. 

La chica entró en la habitación, sin cerrar la puerta se sentó en una de las dos camas y me invitó a imitarla. 

— Me hacés acordar a una de las hijas del zar Nicolás II – dije, torpe, erudito, incauto.

— ¿Qué es un zar? 

— Un zar es como un rey.

— ¿Soy como una princesa?

— Claro, pero yo no soy ni príncipe ni azul. 

— Vamos a averiguarlo —cerró los ojos y acercó sus labios a los míos. 

Sentí un aliento a bosque encantado, alguien apareció en la puerta. Bajo el dintel la hermana nos miró asombrada pero escéptica.

— Ni se te ocurra —ordenó.

Quise explicarme, en vano, la advertencia no era para mí. Sin alejar sus labios de los míos, sin mirarla, la hermana respondió:

— Ya no quiero esta maldita bendición — y su nariz rozó mi nariz. 

— Es una bendita maldición. Y éste —me señaló despectiva—  no te va a despertar.

— Vamos a averiguarlo —dijo de nuevo y esta vez me besó.

Yo esperé destellos de colores, campanitas, tintineos, un halo blanco fantasmal esperé, una metamorfosis. Ellas no esperaron nada: una se levantó de la cama, la otra desapareció por la puerta. Una abrió la ventana del cuarto como si fuera una puerta para mí, la otra gritó a comer. Así me fui, por la ventana y al día siguiente la heladería no abrió más. Así está hoy esa esquina, convertida en una persiana sucia en una ochava de Turdera.

En marzo cumplo ochenta. Algunos de mi edad salen a caminar en zapatillas, uno sé que trota, otro tiene una amante cuarenta años más joven. Yo salgo a hacer las compras y vuelvo a casa más viejo. El otro día entré a un minimercado que inauguraron a tres cuadras de casa. Agarré un paquete de arroz y cuando voy a pagar las veo ahí, en las cajas. A las hermanas heladeras, las hermanas cajeras, no sé cómo llamarlas ahora. Qué se yo si me sorprendió verlas de veintitrés años. No sé si me sorprendió.  Una me miró triste, por mi vejez o por su juventud.  La otra ni siquiera me percibió, pasó el arroz por el lector, sonó un bip, dijo el precio. Ahora sé que siempre fui un simple mortal rioplatense sin un propósito cósmico, eso me alegra bastante, me confirma que no se esperaba de mí una epopeya mitológica, que cuarenta años encerrado aquí en Turdera no fueron un desperdicio.  Pero ella, ella estaba tan triste que me hubiese gustado haber sido otro, no sé, un príncipe azul, o de otro color, sólo para besarla y hacer añicos de una vez esa maldita bendición.

© Guillermo Galli

Cuentos


Anterior Siguiente

Responder a Priscila Cancelar la respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Cancelar Publicar el comentario

keyboard_arrow_up