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Esa piedra tan pesada
¿Puede Dios subir el precio de la acelga?
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 Y cuando Doña Inés estaba a punto de salir de la verdulería se detuvo y buscó con la mirada a Carlitos Papadopulos, el verdulero, como si se hubiese olvidado de comprar tomates o alguna otra cosa.

    —Dígame Carlitos —dijo Doña Inés—,  ¿puede Dios crear una piedra tan pesada que ni Él mismo pueda levantar?

    Un  silencio de verdulería sin moscas se apropió del lugar. La clientela presente dejó bolsas y changuitos para acomodarse sobre los cajones de manzanas desparramados junto a la puerta de la trastienda. Papadopulos suspiró,  gruñó bajito y dejando la calabaza que tenía entre las manos respondió:

    —Un ser omnipotente puede crear una piedra tan pesada, pero luego al no poder levantarla dejaría de ser omnipotente. En todo caso, la pregunta es: ¿Puede un ser omnipotente renegar de su omnipotencia? ¿Pue-de Dios decidir dejar de ser Dios? Sí puede, de la misma forma que un hombre puede decidir suicidarse, dejar de ser hombre para ser pol-vo,  pero no lo hace. El poder de un ser inteligente no está desligado de su capacidad de decisión. ¿Puedo yo subir el precio de la acelga?

    Dicho esto, Papadopulos se puso a envolver unas chauchas que le ha-bía pedido una señora mientras él hablaba. Doña Inés agradeció, dio me-dia vuelta y ganó la calle. En el camino pensó en esa piedra tan pesada que es el libre albedrío, que a veces cuesta tanto levantar.

(c) Guillermo Galli

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