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Tragáme tierra
Pidió tierra tragáme y la tierra se lo tragó, otra vez.
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Tierra tragáme, pide, y la tierra lo absorbe en menos de lo que dura un sonrojo. Lo ven desaparecer en Belgrano o en Villa Devoto; en el lugar deja un montículo de humus semejante a un hormiguero o a la tumba improvisada de una mascota. Al rato lo vomita una maceta sin plantas que guarda en su departamento de Liniers. Después se da un baño y mientras se saca las lombrices de las orejas piensa en esa mujer con la que cada tanto se encuentra y de la que siempre huye.  

    Dicen que la conoció en su infancia, jugando a la mancha en el primer recreo. De pronto ella apareció delante suyo, como germinada desde alguna semilla mágica. Tropezó por esquivarla, casi se abre la cabeza contra un adoquín. Se levantó sin protestar, sintiendo que le ardían las manos y las rodillas le sangraban. Miró a la mujer, que entonces era una niña, supo que era nueva en la escuela y que le gustaba mucho. Le dijo hola. Ella le regaló de sus ojos un color indescifrable, lo tomó de las manos y le prometió un mundo dulce y desconocido. A él le temblaron las piernas, presintió en esas manos un misterio infinito; las soltó, no por apremio, sino por pudor ante lo que se figuró eterno. Entonces le ganó la vergüenza, rogó tragáme tierra y la tierra cumplió sin objetar y se lo tragó. Después de un rato apareció todo embarrado en el cantero de su casa. Al otro día volvió a la escuela, buscó a la nena en las aulas y en los recreos. Como no la encontró la buscó por el barrio y más tarde en las noches largas que vinieron junto con la adolescencia. De a poco se convirtió en un hombre que tuvo romances con la vida. Se entregó como se entregan ésos que simpatizan con la mujer que tienen al lado pero que endiosan a la que tuvieron alguna vez, sólo por amor a la fatalidad.

    Una tarde mientras caminaba por una plaza sintió que el césped se resistía ante su peso. Se miró los zapatos, cuando levantó la vista volvió a ver a la nena ya hecha una mujer, tal como se la había imaginado durante tantas noches. La tomó de una mano. Cuando ella le ofreció la otra sintió el mismo pudor que el día en que la había conocido. Quiso contarle que la soñaba desde entonces, pero apenas pudo resistirse ante esos ojos que lo hacían sentir tan trascendente e indigno a la vez. De nuevo un atisbo de eternidad lo hizo temblar. Pidió tragáme tierra y la tierra se lo tragó otra vez, a la vista de las palomas y de un anciano que les daba de comer. Más tarde la ducha lo encontró arrepentido, sacándose las lombrices de las orejas.

    A partir de ese día comenzó a ver más seguido a la mujer. Se la encuentra en las plazas o en los parques, la pierde siempre en el mismo lugar, cuando implora desaparecer por el rubor que le provoca la presencia femenina. Las personas que lo ven hundirse se espantan al principio, luego indagan en el cúmulo de tierra y sólo encuentran algunas palomas alrededor y a un viejo que les da de comer, que opina que nunca conoció un tipo que fuese tan vueltero con una mina.

(c) Guillermo Galli

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