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Guapo del almohada
Desperté para seguir siendo un cobarde
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No, nunca me fui a las piñas. Desde chico vengo esquivando cualquier situación que exija agarrarme a trompadas con alguno. He huido, he dialogado, he cedido, he negociado, he abogado por la moderación con el único objetivo de evitar ese callejón sin salida. Un día me asaltó la sospecha de que soy un cobarde. En seguida encontré una excusa, arumenté que mi postura tenía una explicación lógica: no sé pelear, no sé usar los puños que son el arma en una gresca, nadie asiste a un duelo donde la única pistola es para el contrincante, sería un suicidio absurdo, una injusticia. Mentiras. Mentiras. La verdad es que no se nace sabiendo cómo meter un gancho y los que se trenzan no se enredan en cavilaciones del tipo: debí haber tomado clases de boxeo en vez de las de zapateo americano. Uno se pelea como salga, porque entonces manda el encono, la técnica es para el cuadrilátero, no para la vereda rota de ese bar en San Cristóbal. Si yo no peleo no es porque no sepa hacerlo (que no sé). Comprendido esto insistí en los deseos de justificarme. Me dije entonces que yo soy un hombre de paz, lo mío es la palabra me dije. No creo en la violencia, apuesto por el diálogo, todos los hombres somos hermanos, yo no deseo pelear. Más mentiras, ya verán.

Una noche soñé que pasaba por una parrilla, detrás del mostrador había cinco o seis tipos sentados que imaginé eran el asador, un ayudante, los amigos del asador. Todos hombres fuertes, el carbón encendido se reflejaba en una musculatura que parecía forjada en ese mismo fuego. Rasgos duros, miradas torvas. Había una mujer escultural que preparaba el pan detrás del mostrador, tenía una hendidura en un muslo casi desnudo. Me acerco y a la mujer le digo una grosería que no es para ella sino para movilizar a los que atrás custodian las carnes. De inmediato abandono las indirectas, insulto a los cinco o seis, gratis, sin otro motivo que el de hacerme el guapo. Es que miren: en el sueño yo sabía que estaba soñando y por eso me animé. Busqué roña en el inconsciente a sabiendas de que esos ñatos no se iban a levantar, que si lo hacían yo me despertaba, fin del sueño. Así como lo esperaba estos hombres no se pararon. Sin embargo me miraron serios, en mi sueño estos hombres, me la juraron, sé que masticaban una venganza que yo pensé incobrable, así que los invité a pelear, vamos vengan, hagan filan que hay para todos. Pero no se pararon, en cambio me miraron fijo, supe en mi sueño que en sus mentes me la volvieron a jurar, sé que algo los inmovilizó y que no fue el miedo ni la buena voluntad, me pareció que se guardaban para otro momento, uno más justo. Así me desperté confirmando lo que suponía y que ya dije, que para pelear no hace falta más que audacia y calentura, que a otro con mi cuento de la hermandad. Me desperté, en fin, para seguir siendo un cobarde.

  A la semana salgo a comprar facturas, tomo un camino que no es el habitual y a las pocas cuadras paso por una parilla, la descubro idéntica a la de mi sueño, asomo la cabeza por curiosidad, ahí están, la mujer y los mismos cinco o seis tipos de mi sueño, detrás del mostrador, sé que no estoy dormido, se paran, primero uno, después los demás, me miran como antes, pero esta vez no se la van a guardar, ha llegado el momento justo en el que todos estamos despiertos. Ahí nomás entendí que hacerse el guapo sin serlo es un acto que se paga, en los sueños o acá en la realidad. 

(c) Guillermo Galli.-

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