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Ni conejos blancos ni novias para los solitarios
Tenía una cartuchera chiquita, pero que explotaba de todo lo que guardaba adentro
Froilán Gómez Anterior Hot Stuff Siguiente

     Fue compañero mío de la escuela. ¿Viste esos que se traen de todo en la cartuchera? Bueno, así era Santiago. Tenía una cartuchera chiquita, pero que explotaba de todo lo que guardaba adentro. En general ese tipo de pibes son los que comúnmente conocemos como “el traga”. Santiago no era la excepción. Sentado siempre en la primera fila, cerca de la maestra, guardapolvo muy blanco sin una arruga, zapatos lustrosos y la mirada siempre atenta, siempre lista. Igual que la cartuchera. La diferencia de Santiago con muchos otros de su especie es que no era para nada amarrete. Si vos te olvidabas, por ejemplo, el compás, o el transportador, él abría su cartuchera con una prolijidad litúrgica, como cuando el cura te da la ostia, ¿viste? Como prestando un servicio sacro. Y no es que él se quedase sin el compás, o sin el transportador, no señor, el siempre tenía el suyo, que por supuesto era más lindo que el que prestaba. Si él usaba una Parker, te prestaba una 303, si él borraba con una goma nueva, te prestaba una mas viejita, gastadita. Pero ojo, todo lo que prestaba siempre andaba, siempre te venía al pelo. Te sacaba de apuros, eso es innegable. Lo que él tenía eran repuestos. Me acuerdo que yo me imaginaba a la mamá diciéndole “llevate otra, no sea cosa que se te acabe la tinta”, y seguro le encajaba una lapicera, un lápiz, un sacapuntas o una regla en esa cartuchera que no daba más de lo cargada que estaba. Eso me imaginaba yo. Aunque a veces me parecía que esa madre debía tener una obsesión bastante grave con que al hijo le fallara uno de sus útiles escolares. Fijate, una vez estábamos en la clase de plástica y yo me había olvidado el lápiz cero cinco. En realidad, esa mañana mientras desayunaba,  me acordé que lo había dejado en la mesita de luz, pero pensé para mis adentros que “total, Santiago me presta uno”. Así la confianza ciega que depositaba en su servicio. Porque era un servicio, eso es indiscutible. El asunto es que en la clase de plástica, cuando la maestra dijo que saquemos el lápiz, yo busqué con la mirada a Santiago, que se sentaba tres bancos delante de mí. ¿Y qué veo? Que Marcelo estaba parado a su lado, con la mano tendida, y que Santiago revuelve en su cartuchera, que saca un lápiz medio gastadito y se lo entrega a Marcelo, que se va conforme a sentar a su banco y en el trayecto pasa al lado mío, con el lápiz cero cinco en la mano, ese que yo tenía la confianza de que era para mí. Tanta bronca me dio que me levanté, violento, haciendo todo el ruido que pude. Encaré hacia el banco de Santiago y me planté a su lado. “¿No tenés un lápiz de más?”, le pedí, o le exigí más bien, casi gritando, como si él me debiera, como si yo le pagase mensualmente un seguro contra el olvido de útiles escolares. “Ese”, le dije, mostrándole el que tenía preparado sobre la hoja Canson nº 5. “No”, fue tajante, “ese es mío”. Entonces abrió otra vez su cartuchera, revolvió, revolvió mucho haciendo ese ruido tan característico que ya todos conocíamos y sacó un lápiz, otro lápiz cero cinco, uno que era para mí. 

      Más vale que en todas las escuelas hay pibes que traen de todo en la cartuchera y que siempre tienen algo para prestarte. Pasan los años y uno se olvida de ellos, como de casi todos los demás. Pero de Santiago me acuerdo a menudo. Es que una mañana pasó algo en el aula, creo que es lo que lo mantuvo lejos del anonimato por muchos años. Fue esa vez que la maestra avisó que al día siguiente tomaría examen de aritmética. Por iniciativa de Giachino, todo el curso se confabuló para dejarse olvidado en casa el transportador, en un intento de hacerle creer a la maestra en las grandes casualidades. El acuerdo fue unánime, todos resolvimos que la medida de fuerza era justa, todos menos Santiago, que esa mañana había faltado debido a un fuerte cuadro gripal. Al otro día la maestra cumplió con lo prometido y ordenó saquen una hoja. Fila uno, fila dos, fila uno fila dos. Nosotros también cumplimos. Nunca en mi vida vi tanta cara de estúpido junta. La maestra indignada vociferó amenazas, conjuros y maldiciones. Luego, en lo íntimo, confesamos que la habíamos visto tan enojada que nos pegamos un julepe bárbaro. Pero al miedo le siguió el desconcierto, porque en uno de esos silencios desoladores que las maestras manejan con tanta astucia en medio de una reprimenda, sentimos el estornudo de Santiago, que dio la nota. Luego se sonó la nariz con fuerza pero como un señorito. Con la misma discreción revolvió en su cartuchera, de la cual brotó un sonido a chapitas. Creo que lo que más me reventó fue la prolijidad con la que fue apilando los transportadores sobre el pupitre. A medida que los iba sacando se tomaba su tiempo para alinearlos uno sobre otro con la serenidad de un monje tibetano. Cuando terminó de apilar los veintisiete transportadores ya nadie lo miraba, del desconcierto habíamos pasado a un desprecio denso que tuvimos que tragarnos a la fuerza, como uno de esos remedios bien amargos. La maestra levantó el dedo índice e intentó una moraleja, y en el intento tartamudeó dos veces. Todavía atónita ordenó que cada uno pasara por el banco de Santiago y retirara un transportador. Yo creo que nos tuvo lástima, porque la prueba fue tan fácil que nos fue bien a todos, aún sin haber estudiado. Sólo por eso el rencor hacia Santiago nos duró apenas una semana en la que nadie le dirigió la palabra, ni siquiera para pedirle un sacapuntas. Después se nos pasó, claro. Ninguno de los veintisiete había aprendido a no olvidarse los útiles escolares y nuestra dependencia de Santiago duró hasta el último día de clases de séptimo grado. Después le perdimos el rastro. 

      Casualmente hace unos días hicimos una reunión para conmemorar los veinte años de egresados. Entre abrazos, gestos de sorpresa y en un ambiente nostálgico y también de mucha curiosidad nadie notó su ausencia. Recién nos acordamos de él cuando  Giachino quiso destapar una botella de vino y faltó el sacacorchos. Medio en broma, medio en serio, reconocimos que nos había costado bastante aprender a vivir sin la cartuchera de nuestro compañero.

      Esa misma noche, después de la reunión, yo esperaba el 19 en la parada. El colectivo tardó media hora en llegar. Cuando vislumbré el cartel verde luminoso a unas tres cuadras saqué la billetera y me di cuenta que no llegaba con las monedas. Eran las tres de la madrugada en pleno barrio pero igual, casi por inercia, me di vuelta en busca de ayuda. Te digo la verdad, al principio no lo reconocí. Apenas alcancé a hacerle un gesto desesperado con las pocas monedas que tenía en la mano cuando metió la mano en un bolso de cuero, revolvió, sonó a lápices, a chapitas, y me alcanzó tres monedas de veinticinco centavos, las que me hacían falta para subirme al bondi que en ese momento pasó a los pedos por la parada. En medio de mis puteadas nos reconocimos. Santiago estaba cambiado pero igual. Era el chico de doce años en su versión de hombre de treinta y dos. Le conté de la reunión, de la vida de cada uno de nuestros compañeros, es decir de quién se había casado y divorciado, del que se había quedado completamente pelado o de aquella que era bien fulera y veinte años después era la más linda de la clase. Sonrió apenas, casi por cortesía. Mostró algo parecido a un cambio de ánimo cuando le mencioné que nos había faltado el sacacorchos y que nos habíamos acordado de su cartuchera. Se lamentó bajito, se agachó y revolvió el bolso una vez más. Otra vez el ruido a lápices, a chapitas, entonces sacó un sacacorchos.  Me lo quedé mirando desconcertado. Él solito se dio cuenta que la reunión había terminado y que su sacacorchos lucía poco práctico en la parada del 19 a la luz del alumbrado municipal. Ya no me miraba, pero en sus ojos noté un dejo de frustración. Traté de arreglarla y le pregunté de su vida, que porqué no se había dedicado a la magia, usando su cartuchera como una de esas galeras mágicas para el divertimento de los espectadores. Me contestó que nadie le había solicitado jamás un conejo blanco por pura necesidad, salvo una vez, un mago mediocre al que le había fallado el truco y al que debió sacar del aprieto, pero esa había sido una excepción. En cambio sí le pedían monedas en la parada del colectivo, o velas cuando los cortes de luz, o paraguas durante las lluvias de abril, que vendía por una módica suma en una esquina del micro centro. Allí donde hacía falta algo Santiago estaba plantado con su bolso de mano donde seguro escondía, para guardar las apariencias porque ya no era un chico, su antigua cartuchera de la primaria. Le pregunté en broma porqué no sacaba políticos honestos del bolso, o trabajo para los desocupados, o novias para los solitarios. Me contestó que, al igual que con los conejos blancos, nadie le pedía ese tipo de cosas.

      Al rato pasó otro 19, me despedí a las apuradas y me subí al bondi. Después sí que no lo vi más. Otra vez tuve que aprender a vivir sin su cartuchera.

© Guillermo Galli

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  1. Muy bueno!!! Excelente!!!Para mí, Santiago es Walter, mi amigo de la infancia, que a veces nos perdemos el rastro, pero llevamos más de 50 años queriéndonos. Y aún sigue siendo impecable, como el primer dia de clases del primer grado.

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